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jueves, 17 de noviembre de 2016

Dulce Rendicion: Capitulo 12


Un Asesinato sin resolver y muchas intrigas.
Bajo el engañosamente suave exterior, Bella Swan es una mujer que sabe exactamente lo que quiere. Un hombre fuerte que la tome sin preguntar, porque está dispuesta a darlo todo...

El policía de Dallas Edward Masen, está en una misión secreta: encontrar el hombre que mató a su compañero y llevarlo ante la justicia. Hasta ahora, ha encontrado un vínculo entre el asesino y Bella, y si Edward ha de acercarse a ella para atrapar al asesino, que así sea.


 Adaptación krizia
Capítulo Doce

Bella bailó por la oficina con contenida emoción. Estaba nerviosa, emocionada y petrificada, todo en uno, por su cita de esta noche. El sexo en su cerebro hacía algunos sueños interesantes, y sólo podía estar agradecida por que fuera un día tranquilo en la oficina.

La tensión sexual entre ella y Edward parecía una caldera, y la hacía aún más decidida y ansiosa por explorar sus deseos más secretos. Él trajo a flote todas las fantasías sensuales que siempre había pensado, e incluso algunas que no.

Ella lo deseaba. Que ciertamente no era uno de sus deseos más secretos. No había nada secreto al respecto. Y tendría que ser muy idiota para no darse cuenta que quería tener sexo con él. Pero. Siempre había un pero.

Quería un hombre fuerte y dominante. De todas las apariencias externas, Edward era ese hombre. Él habló de eso en su charla, pero había tenido unos cuantos charlatanes en el pasado. De inmediato se desinflaban en la cama y fuera de ella.

Es la razón por la que vas esta noche. Para identificar, para poseer, para tomar lo que quieres. Ella sintió que este era el primer gran paso, y una vez aceptado este cambio, este deseo de ser ella misma, ya no habría vuelta atrás.

Emitió un pequeño suspiro mientras arreglaba un montón de contratos sobre la mesa. 

Luego se conectó a internet y abrió un correo electrónico de Carlisle, el hombre que había entablado su cita en La Casa.

En realidad habían intercambiado varios correos electrónicos desde su llamada telefónica hacía algunas noches. Se había sentido a gusto con su actitud amistosa y abierta. La había animado a hacer preguntas y a cambio le había dado una gran cantidad de información acerca de lo que pasaba en La Casa y también sobre lo que podía esperar de su tour.

En uno de sus tontos momentos, y después de pasar cinco horas leyendo sobre las imágenes en Internet de ropas de cuero, algo parecidas al tipo Klingon, le envió un correo electrónico a Carlisle preguntándole qué ropa debía usar. Porque si esperaban que se pusiera un traje de goma negro, sin trasero y un agujero en sus tetas donde se suponía que iban, podían besarle el culo. Su culo desnudo.

Leyó rápido el e—mail, sonriendo al recordar que el ambiente al que iba a entrar esta noche sería crudo y explícito. Sintió un cosquilleo de excitación recorrerla hasta los pies.

Estaba razonablemente dispuesta para su visita a La Casa. O al menos eso imaginaba. Había chequeado un sinnúmero de sitios en Internet, investigado todos los enlaces que Carlisle le había enviado, e incluso había superado sus nervios al ir a colarse al apartamento de Jasper y allanar su colección de pornografía. Ciertamente había conseguido una vista completa. Al parecer, la pornografía suave no estaba en el vocabulario de Jasper.

Ella sonrió mientras mentalmente repasaba la lista que había compilado de los escenarios y las posiciones que quería probar. Todo lo que necesitaba ahora era un compañero bien dispuesto, y tal vez uno que comprendiera mejor las necesidades que sentía. Por lo que esperaba que Carlisle y compañía pudieran arrojarle algo de luz sobre eso.

Se dio la vuelta en su asiento, sintiendo sólo un poco de vértigo y un poco más ridícula. 

Empujó su mano sobre la mesa para detener su movimiento cuando el teléfono sonó.

Sofocó una risita, cuando cogió el teléfono.

—Swan—dijo con voz entrecortada.

—Bella, tenemos que hablar—La voz estridente de su madre recorrió la oreja de Bella como una rama de un árbol sobre un techo de hojalata. —Necesito el dinero. Necesito que me ayudes. Tienes que ayudarme.

Había desaparecido la zalamería y los halagos a los que estaba tan acostumbrada al escuchar las llamadas de su madre.

Renunció a cualquier intento de suavizar su rechazo, Bella se apoderó del teléfono con más fuerza.

—Te pedí que no me llamaras de nuevo.

Ella comenzó a alejar el teléfono de su oído cuando un sonido lejano le levantó los pelos de punta. Presionó el teléfono a su oreja otra vez y aguzó el oído.

—… Dile a esa la perra que consiga el dinero, o ambas se van a arrepentir.

—Mamá, ¿quién era ese?—Exigió Bella.

—Nadie—dijo Reneé con voz entrecortada. —No es nada de lo que tengas que preocuparte.

La familiar tristeza se apoderó de Bella, aglomerando su mente con toda una vida de pesares. Reneé nunca cambiaría. Bella tenía que aceptarlo. Lo había aceptado, pero no por ello era más fácil de reconocer.

—Déjame decir esto para que quede perfectamente claro—comenzó a decir Bella con una voz titubeante. —No me llames. —Tiene su voz se volvió más fuerte y firme mientras permitía que la fuerza de su ira se derramase. —No tengo nada que decirte. No puedo ayudarte. Yo no te voy a ayudar. No puedo ser más clara que eso.

Sus palabras salieron temblorosas al final cuando expulsó una inestable respiración.

—Te quiero, mamá. —su voz se quebró, y ella se secó las lágrimas con el dorso de la mano. —Pero no me gusta en lo que te has convertido, lo que siempre has sido. Yo no quiero ninguna parte de mi vida pasada de regreso. Mi vida contigo. Soy feliz ahora. Lo siento, pero no tengo ningún deseo de volver a contactarme contigo, para permitir que me uses nunca más.

Bella escuchó un sollozo y honestamente no sabía si era ella o su madre. Colgó el teléfono con las manos temblorosas después se cubrió el rostro con los brazos sobre el escritorio.

Sus hombros se estremecían, y sintió que las lágrimas se deslizan sobre sus brazos. Cuando el teléfono volvió a sonar, alargó la mano, tiró de la cuerda de la pared y lo tiró por la habitación. Ella bajó la cabeza y lloró. Ruidosos, crudos sollozos desgarraron su cuerpo. 

Tanto dolor, ira y traición colisionaron en su pecho como una serpiente enfadada lista para atacar.

¿Por qué le daba tanto poder sobre ella a su madre? ¿Por qué le daba a Reneé la capacidad de hacerle daño con tanta facilidad?

Una mano firme la agarró por los hombros y ella se puso rígida.

—Bella, ¿qué pasa?—La súplica urgente de Edward cortó la neblina de color rojo que daba vueltas en su cabeza.

Lentamente, levantó la cabeza, repentinamente sintiéndose tonta por su arrebato emocional indisciplinado. ¿Qué pasaría si fuesen Charlie o Jacob los que entraran?

Tendría un rato endemoniado para explicar por qué estaba llorando a lágrima viva en su escritorio.

Se frotó con impaciencia los ojos y miró hacia otro lado, determinada a que él no viera sus lágrimas. La silla se movió un poco, y miró por el rabillo del ojo para verlo de rodillas a su lado.

Los dedos suavemente curvados alrededor de su barbilla y la levantó, lo que la obligó a mirarlo a los ojos.

— ¿Estás bien?—preguntó en voz baja.

Otro sollozo silencioso salió de su boca, y apretó los labios cerrándolos para evitar que se le escaparan más.

—No, no estás bien. Eso es obvio. —La acarició con el dorso de sus nudillos la mejilla luego metió su cabello tras la oreja. — ¿Qué pasa?—preguntó de nuevo.

—No es nada—dijo con voz temblorosa. —En serio. Me siento como una idiota. Solo estoy preocupada y sobre reaccioné.

—Obviamente es algo. No eres del tipo que reacciona de forma exagerada. ¿Qué te perturba tanto, Bella?

No, no era un tonto, y ella estaba insultando su inteligencia al negar su malestar.

—Está bien, no era nada, pero no es algo de lo que quiera discutir. ¿Puedes entender eso?—Ella le rogó en silencio para que no la presionara más.

Él la miró durante un largo rato.

—Sí. Puedo.

Le apartó una lágrima del rabillo del ojo. Sus miradas se encontraron y estancaron, suspendidos en un eco atemporal.

—No debería hacer esto—le susurró con voz ronca e inquieto.

— ¿Hacer qué?—Murmuró ella.

—Besarte…

— ¿Vas a…?

En vez de responderle, se acercó a ella, sus labios se cernieron peligrosamente cerca de ellos. Su respiración entrecortada fue todo el tiempo que tuvo antes que sus bocas se encontraran.
Sus manos enmarcaron su rostro mientras presionaba uno caliente y duro en su contra. Sus lenguas se encontraron y enredaron. Ella abrió la boca para tomar aire, pero no se apartó. La consumía. Él la consumía.

Su boca avanzó hasta que sus dientes mordieron su labio superior. Lo tironeó hacia afuera, luego lo chupó más hacia su boca. Su lengua la lamió y la exploró antes de liberarle el labio y se trasladó a la esquina de su boca.

Fueron olvidadas sus lágrimas, su angustia. Todo lo que existía en ese momento era el hombre frente a ella. Su toque, su beso, su esencia misma llegaba a su alrededor, llenándola hasta que todo lo demás se desvaneció.

Se acercó hacia él, deslizando sus manos sobre sus hombros. Sus dedos avanzaron hacia su cuello hasta que una mano ahuecó la nuca de su cuello, tirando de él más cerca. Ella mordió de nuevo en sus labios. Beso a beso, mordedura a mordedura, lamida a lamida.

Un gemido profundo se construyó en ella, en su pecho, agolpándose en su garganta, hasta que escapó en un sonido de dulce agonía. La tensión que tenían entre ellos a lo largo de los últimos días, formó una entidad enorme, que estalló en un torrente de lava fundida.

Ella movió sus manos al frente, bajando por su pecho hasta tirar de su camisa. Quería sentir su piel desnuda. Impaciente, le dio un tirón hasta que llegó para liberarlo de sus vaqueros. 

Luego deslizó sus dedos en el borde y llevó las manos a su estómago.

Él se estremeció, su boca se quedó quieta sobre la de ella. Sus manos se movían más altas, deslizándose sobre los músculos de su pecho, empujando hacia arriba la camisa.

Los dedos de él se enterraron en su cabeza, y los pulgares le rozaron las mejillas. No había fuerza en su toque. Una fuerza que ansiaba, necesitaba, deseaba tanto que le dolía.

Ella gimió contra sus labios cuando no se reanudó el beso apasionado, en vez de eso permanecieron inmóviles. Su cuerpo se tensó debajo de sus dedos, los músculos ondularon sobre su pecho.

—Edward—susurró.

Se apartó y cerró los ojos. Una dura interjección bailó en el aire entre ellos, agriando el momento. Sus manos se apartaron de ella, y él se empujó hacia arriba, la tensión salió de él como la arena que brota de balde.

La palma de su mano se deslizó hacia la parte posterior de su cuello, y se frotó arriba y abajo agitado.

—Dios, Bella, lo siento. Eso nunca debió pasar.

Ella lo miró, confusa.

— ¿Lo sientes? Yo quería que sucediera. Tú querías que sucediera. No veo lo que tienes que lamentar.

Recorrió la mesa, haciendo una pausa en el centro del piso, sus movimientos eran espasmódicos e indecisos. Luego se volvió para mirarla. Sus ojos brillaban con una multitud de emociones. El deseo aún ardía intensamente, por lo que ella sabía que no era cuestión de él que no quería lo que había sucedido. Pero también había arrepentimiento, y ¿auto—odio?

—Esto no debió ocurrir—dijo con una sacudida de cabeza. —Me aproveché de tu momento de debilidad. ¿En qué clase de imbécil me convierte eso?

Ella se levantó de su asiento. Sus rodillas temblaban, y colocó sus palmas sobre la mesa para mantener el equilibrio.

—Hemos estado viendo que llegaríamos a este punto en los últimos días. Tú lo sabes, y yo lo sé. Era tan inevitable como respirar. No me digas que no debió pasar cuando sabes malditamente bien que deseabas esto tanto como yo.

— ¿Desearlo?—Se echó una risa ladrido. —Infiernos, Bella, te deseo tanto que me duele. 

Pero no debía ocurrir. Nunca debí dejarlo.

Con eso, se volvió y salió de su oficina, dejándola reflexionar sobre la singularidad absoluta de su declaración.

Se hundió de nuevo en su silla, con las emociones hechas un desastre. Su mirada parpadeó hacia el cable del teléfono, y dejó escapar un suspiro. Se esforzó para levantarse, se acercó para recuperar el cable que había arrancado en su ataque de ira. No sabía cuántas llamadas había perdido mientras negociaba la respiración pesada con Edward.

Después de hurgar en el cable durante unos segundos, remplazó el enchufe de la pared y miró con inquietud otra vez al teléfono, con la maldita esperanza de que no sonara. Cuando el silencio se mantuvo intacto, sus hombros se doblaron aliviados.

Esto tenía que terminar. Esta tensión constante de las llamadas de su madre tenía que parar. ¿Finalmente Reneé entendería el mensaje y dejaría de intentar ponerse en contacto con Bella? Lo dudaba, pero nunca había enfrentado a su madre en el pasado. Esto tenía que ser tan impactante para Reneé como lo fue para Bella.

Tienes una vida. No le debes nada. Finalmente estas saliendo de tu concha y te estás aferrando a tus deseos y necesidades. No lo estropees todo ahora.

Mientras las palabras de ánimo se iban, aunque no eran las mejores, no eran falsas palabras.

Ella tenía una vida. Una con la que estaba contenta. Finalmente había ido extendiendo sus alas y salido de las sombras de su pasado. Finalmente estaba alcanzando lo que quería. 

Finalmente, sin miedo de enfrentarse al lado de sí misma que siempre había negado que existiera.

Tal vez Edward no era lo que necesitaba. Tal vez lo que quería estaba allá afuera, fuera de su alcance, pero cerca. Tal vez lo encontraría esta noche. No lo sabría hasta que diera el salto.

Sintiéndose moderadamente más tranquila después su anterior muestra de rabia, cuadró los hombros y se hizo un juramento silencioso a sí misma. No iba a permitir que su madre la pisoteara de nuevo.
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Gracias Krizia por otro infartante capitulo, se me infartaron las neuronas, las del ansia, jejeje

miércoles, 19 de octubre de 2016

SPA- Atrevida Alice: Cap.6



Tres amigas…tres deseos secretos…tres oportunidades para hacerlos realidad.

Son tres amigas inseparables que se deleitan compartiendo sus aventuras y secretos.

Pero su última apuesta será la más arriesgada de todas: cada una debe acostarse con cualquier hombre que las otras dos escojan para ella… y luego relatar todos y cada uno de los jugosos detalles.
Capítulo 6
 Adaptación de Krizia
Jasper. ¿Tienes un minuto?

Jasper alzó la vista de su escritorio y asintió, sorprendido al ver a Bob en la oficina un domingo. Jasper se había pasado para trabajar un rato, pensando que iba a estar solo. Suposición equivocada. Sin embargo, siempre tenía tiempo para Robert Walters, uno de los socios principales de la firma.

—Claro, Bob. Entra.

Con sesenta y pocos años y sin intenciones de retirarse en un futuro inmediato, Bob todavía estaba en forma y seguía siendo un trabajador infatigable, en la cumbre del ámbito jurídico. Todos los socios aspiraban a ser como él. Era enérgico, tenía éxito y se le respetaba mucho, si bien pecaba de ser un poco estirado y conservador, sin embargo, Jasper se encontraba a gusto trabajando con él.

—La otra noche hiciste un gran trabajo con la cena de beneficencia para el hospital —Dijo Bob, tomando asiento frente al escritorio de Jasper.

—Gracias. Se recaudó un montón de dinero. Incluso más de lo previsto.

—Eso debería hacer feliz a nuestro cliente —Dijo Bob con una sonrisa.

Jasper sonrió y se reclinó en la silla.

—Bueno, eso es lo que nos gusta hacer. Que nuestros clientes estén contentos.

—Aunque no conseguiste hacer feliz a ninguna de las mujeres del club al librarte de ellas y desaparecer.
Las noticias viajaban rápido en los círculos sociales de Forks.

—Aquella noche estaba ocupado. Además tenía una cita.

Bob enarcó una ceja.

— ¿Alguien que yo conozca?

Como si Bob no supiera ya todos los detalles de con quién había estado Jasper esa noche.

—No, creo que no.

— ¿Es miembro del club?

—Ni idea. No le pedí el carnet de socio antes de quedar con ella.

Bob entornó los ojos.

—Creo que no hace falta que te recuerde lo importante que es que encuentres una mujer dentro de tu mismo círculo social, Jasper. Confío en que, como potencial socio sénior de esta firma, tendrás la sensatez de escoger a una de esas mujeres. Hay muchas, pertenecientes a buenas familias, que serían perfectas para ti.

De ser así no estaría manteniendo esa conversación. Cogió un lápiz y lo apretó con fuerza.

—Lo tendré en cuenta, Bob.

Bob se puso en pie y asintió.

—En cualquier caso, fue un buen trabajo. Como de costumbre, sabemos que podemos contar contigo para que las cosas se hagan bien.

Bob salió del despacho y cerró la puerta. Jasper partió el lápiz por la mitad y lo tiró a la papelera.

¡Joder! ¿De verdad acababa de entrar Bob en su despacho para decirle que la mujer con la que había quedado en la cena de beneficencia era socialmente inaceptable? Ni siquiera conocían a Alice, y sin embargo, ya la habían sometido a juicio porque no era miembro del club y no pertenecía a su círculo social.

Las tripas le hirvieron de cólera, como si le hubieran clavado un atizador ardiendo. No sabían nada sobre ella. Provenía del mismo lugar que él, de modo que, ¿qué era lo que hacía que él fuera adecuado y ella no? Una soberana estupidez, eso es lo que era. Y no iba a tolerarlo.

Podían dirigir su trabajo, pero no su vida.

Amaba a Alice. Lo que él hiciera con su vida privada no era asunto de nadie.

¡Alto!

Amaba a Alice. Llevaba tanto tiempo solo que no podía creer que hubiera encontrado a una mujer como ella. Amable, generosa, de buen corazón, con un cuerpo ardiente y un desenfreno sexual que lo volvía loco. No se parecía en nada a las cazafortunas con quienes acostumbraba a ir por la ciudad.

 ¿Cómo había tenido la suerte de encontrar un tesoro como ella?

 Además, compartía sus inclinaciones al voyeurismo y el exhibicionismo.

Cuánto más salía con ella, más cuenta se daba de que era exactamente lo que quería tener en su vida y de lo vacía que había estado su existencia antes de conocerla. No era de extrañar que tuviera ganas de detenerse en su cafetería por las mañanas para tomar café. Hacía mucho tiempo que el momento que pasaba con ella era el mejor del día para él.

¿El amor no se trababa de eso? Esbozó una ancha sonrisa mientras le daba vueltas a la idea.

Sí, estaba enamorado de ella. Era perfecta para él.

Los socios sénior podían meterse eso en el culo.

Él iba a hacer con su vida lo que le diera la gana. Puede que hubiera llegado el momento de hacer algunos cambios importantes.

—Se me ha ocurrido que esta noche podíamos ver una película.
Alice desvió la vista del fregadero donde estaba lavando el último de los platos de la cena.

Jasper había hecho las brochetas de pollo en la barbacoa y ella estaba limpiando. Habían disfrutado de otra maravillosa noche juntos. No acababa de creer la suerte que tenía de haber encontrado a alguien como Jasper.

 Continuaba preguntándose donde estaba el fallo en esa relación, pero todavía no lo había encontrado. Sé entendían perfectamente, provenían de entornos similares y, por supuesto, tenían las mismas inclinaciones sexuales.
Aquello era perfecto. Aterradoramente perfecto.

— ¿Una película? —preguntó ella.

—Sí. ¿Te animas?

Película. Animarse. Le dio la sensación de que no iban a limitarse a ver una película. Sonrió de oreja a oreja.

—Por supuesto. Me gustan las películas. ¿Al auto-cine o en un recinto cerrado?

Él enarcó una ceja.

—Vaya, eso hay que pensarlo. Llevo sin ir a un auto-cine al aire libre desde que era adolescente.

Ella se rió.

—Yo también. Sin embargo hace mucho calor. Voto por el recinto cerrado.

—Ya sabes que allí no hay luz.

—Podríamos sentarnos en la fila de atrás y besuquearnos… o algo así.

—O algo así —añadió él con una sonrisa maliciosa.

Decidieron ir a la última sesión de la noche ya que había menos gente. De hecho, llegaron un poco tarde y ya estaban poniendo las primeras escenas. El local estaba sin luz y sólo había una media docena de parejas para ver una película que ya llevaba tiempo proyectándose. Eligieron la última fila, lo que significaba que estaban más altos que el resto. Y nadie más se sentó a su lado.

—Esta película ha ganado varios premios —Susurró Alice mientras se instalaban en sus butacas—. Se supone que es realmente buena.

—Estoy deseando verla.

Antes de que transcurrieran treinta minutos de película Alice estaba temblando. Era horrible. Y era ella quien la había elegido. Echó una mirada furtiva a Jasper, convencida de que estaba mortalmente aburrido, sin embargo se encontraba muy bien, con la mirada puesta en la pantalla, aparentemente absorto en la película.

¿Absorto? ¡Y un cuerno! Seguro que se había quedado dormido con los ojos abiertos.

¡Puaj! La película era un asco. Deberían haber ido a ver la película de acción que quería ver Jasper. Seguro que era mejor que esa mierda que estaban viendo.

Tenía que compensárselo de alguna manera.

Miró al resto de la gente, luego a su espalda, después a Jasper, y se le ocurrió una idea. Una verdaderamente obscena que hizo que se le hinchara el clítoris dentro de los vaqueros.

Eso sería una osadía, ¿no? ¿Pero acaso la mitad de la diversión no consistía en la posibilidad de ser vistos? Se removió en el asiento y apoyó descuidadamente una mano en el muslo de Jasper. Él la miró con una sonrisa y volvió a concentrarse en la película.

Ella fue moviendo los dedos hacia arriba poco a poco. Jasper mantuvo los ojos fijos en la pantalla, pero se le curvaron los labios en una sonrisa sardónica.

El sexo de Alice tembló. Se movió un poco hacia él, colocó la mano sobre su pene, y empezó a frotarlo. Se le encendió el cuerpo y los pezones se le endurecieron, presionando contra la delgada tela de la camiseta. Jasper no la miró, pero su respiración empezó a hacerse más rápida.
 Su miembro empezó a endurecerse. De hecho, se le puso dura rápidamente y no tardó en perfilarse a través de los vaqueros.

Perfecto. Le encantó saber que podía obtener una respuesta tan rápida de él. Lo frotó con la mano un rato más, completamente ajena a la película, y luego le desabrochó el botón de los vaqueros. Él se recostó en el asiento.

 Ella le bajó la cremallera. Él levantó las caderas. Ella le bajó los pantalones un poco para poder sacarle el pene.

Ahora el clítoris le palpitaba y rozaba contra la costura de los vaqueros. ¡Diablos! Deseaba colocarse sobre esa polla y cabalgarlo hasta que ambos se estremecieran de placer. Sin embargo, lo que más deseaba era chuparlo hasta que se corriera en su boca.

Acarició el miembro, disfrutando de su dureza, su calor y su consistencia de acero. Empezó a mover la mano lentamente, asiéndolo con suavidad y deslizándola por los pliegues, rodeando el glande hinchado con los dedos y descendiendo hasta descansar el puño sobre los testículos.

Aunque el sonido de la película era alto, ella dejó de oírlo, concentrada tan sólo en la respiración de Jasper. Le miró el pene y los testículos, hipnotizada por el líquido nacarado que brillaba en la punta de pene.

Necesitaba saborearlo. Se volvió a mover en la butaca hasta ponerse de rodillas en ella, luego se inclinó hacia él y lamió el glande estimulada al escucharlo contener el aliento cuando deslizó la lengua para capturar las gotas con ella.

—Cariño —susurró él en la oscuridad, rodeándole la nuca con la mano. Ella se estremeció, absorta en darle placer, sabiendo que él estaba mirando a su alrededor para asegurarse de que nadie se estaba dando cuenta de lo que hacían.

O puede que no le importara. Esperaba que fuera eso, porque a ella no le preocupaba.

Tenía las bragas húmedas debido a su propia excitación; sabía que Jasper se ocuparía de ella más tarde. Ahora mismo, aquello era para él, para satisfacer sus deseos. Se metió el pene en la boca, arañó ligeramente el sensible tejido con los dientes, cerró la boca y se agachó, absorbiéndolo.
Él emitió un gemido gutural, los dedos de la mano que tenía sobre su cabeza se contrajeron, asiendo los rizos, mientras ella lo aspiraba y luego se retiraba para volver a introducírselo, estableciendo un ritmo. Le rodeó los testículos con la mano y los apretó suavemente al tiempo que le pasaba la lengua por el glande. Él arqueó las caderas y le metió la polla hasta la garganta.

Estaba a punto, sus testículos estaban rígidos en la mano de ella y su cuerpo en tensión. Lo chupó con más fuerza, rodeándole la base del pene con los dedos y oprimiendo su miembro mientras lamía la punta.

No tenía ni idea de que hacerle una mamada pudiera ser tan apasionante como para desear tener un orgasmo con un ansia tan salvaje y primitiva, pero así era. Ver cómo se agarraba a los brazos del asiento, cómo se le ponían blancos los nudillos al tensarse y mover las caderas para propulsar la polla hacia su boca, era tan increíblemente erótico que se deshizo por dentro.

Ella gimió contra su pene, necesitando su orgasmo casi tanto como necesitaba el propio. Él estalló contra su lengua con un sonoro gemido, lanzando un caliente chorro de semen contra su paladar. Ella cerró los labios en torno a él, tragándose el salado líquido hasta que no quedó nada, hasta que él se sacudió con un último estremecimiento y luego se relajó contra ella.

Alice se limpió la boca, satisfecha y sonriente, se volvió a sentar y le permitió colocarse la ropa mientras ella bebía un sorbo de refresco, con el cuerpo ardiendo de deseo.

Él le cogió la mano y se levantó.

—Espero que ya hayas visto lo suficiente de esta horrible película, porque necesito sacarte de aquí y follarte hasta hacerte gritar.

Ella sonrió burlonamente.

— ¿Película? ¿Qué película?

Él entrelazó los dedos con los de ella y la sacó del cine en un tiempo récord. Ella prácticamente tuvo que correr para seguirlo. La expresión de él era sombría. No sonreía.
Jasper era un hombre con una misión.

En vista de que dicha misión era ella, no se preocupó por la expresión de concentración total en el rostro de él. Un escalofrío de expectación le recorrió la espina dorsal.

Cuando llegaron al aparcamiento estaba sin aliento. Jasper abrió la puerta del coche y ella entró y empezó a abrocharse el cinturón de seguridad mientras él se dirigía al lado del conductor.

Después de entrar, la miró.

—No te molestes en ponértelo.

— ¿Qué?

—Ponte detrás, quítate los pantalones y túmbate en el asiento.

— ¿Aquí? —Ella miró a su alrededor. Los coches estaban pegados unos a otros. El sexo se le inflamó de emoción.

—Ahora, Alice. Maldita sea, no me queda mucha paciencia.

Se le encogió el vientre. Se trasladó al asiento trasero, se desabrochó los vaqueros y se los bajó. Jasper se volvió a mirarla con los ojos nublados.

—No es lo bastante rápido. Date prisa.

Su corazón comenzó latir muy deprisa, y la sangre a hervirle en las venas mientras se apresuraba a deshacerse de los pantalones. Se quedo en bragas y esperó.

—Esas también. A menos que quieras que las haga pedacitos.

Maldición. El clítoris le palpitaba dolorosamente, preguntándose qué estaba tramando Jasper.

Se deslizó las bragas por las caderas y las piernas y se las quitó.

—Ahora túmbate.

Ella obedeció. Él pasó por encima de su asiento y se arrodilló en el suelo a su lado.

—Llévate las rodillas al pecho y separa las piernas.

Ella lo hizo, intentando respirar. Tenía la garganta seca. ¿Habría gente por allí? ¿Podría verles alguien a pesar de que el coche tenía las ventanas ahumadas?

—Sepáralas, Alice. Ya.

Ella separó un poco las piernas. Jasper le rodeó los muslos con los brazos y se las abrió más.

—Cuando me estabas chupando en el cine, percibía el olor de tu sexo.

¿Estabas caliente, verdad? —preguntó él, metiéndole la cabeza entre las piernas.

—Sí.

— ¿Te excitó hacer que me corriera?

—Sí. —La sangre le rugía en los oídos. El cálido aliento de él le hacía cosquillas en los muslos. Rugió en sus oídos. Estaba a punto de desmayarse.

—Voy a comerte el coño aquí, en el asiento de atrás de mi coche. Quiero que grites cuando te corras, Alice. Quiero que todo el mundo oiga como te corres.

— ¡Oh, Dios, Jasper! — ¿Podría hacerlo, sabiendo que podía haber alguien andando por allí?

El primer contacto de la lengua de él en su sexo le arrancó un alarido. Caliente y mojado, fue dando lengüetazos por la hendidura hinchada, lamiendo el flujo que salía de ella. Alice se arqueó hacia su boca, agonizando ante las sensaciones. Él movió la boca desde el clítoris hasta la entrada de la vagina, lamiendo, succionando, pasando la lengua por el dilatado botón, para luego atormentarla, alejándose de él y desrizársela en la vagina, entrando y saliendo de ella varias veces, hasta que Alice pensó que iba a morir.
 Entonces él volvió a empezar, trazando círculos en el clítoris con la lengua y acercándola tanto al punto culminante que ella le sujetó la cabeza y lo mantuvo allí, negándose a permitirle mover su hermosa boca.

— ¡Cómeme Jasper! —Exclamó, elevando las caderas—. ¡Haz que me corra! ¡Sí, ahí, justo ahí!

Cuando por fin llegó el éxtasis no pudo contener los gritos de placer.

Mantuvo la boca de él sobre su sexo mientras las dulces oleadas del orgasmo la trasportaban, estremeciéndose y gimiendo tan ruidosamente que cualquiera que pasara por allí sabría exactamente lo que estaba pasando.

Le daba igual. Estaba en el paraíso. Un paraíso feliz y tortuoso.

Cuando volvió a poner los pies en el suelo se dio cuenta de que debía de estarlo asfixiando y le soltó la cabeza. Él se incorporó, le besó el muslo, se colocó encima de ella a la vez que se quitaba los vaqueros, y la penetró. Ella le rodeó con las piernas, introduciéndoselo hasta el fondo.

— ¡Qué apretado! —murmuró él antes de apoderarse de su boca. Ella degustó su propio sabor, lo lamió de los labios de Jasper, antes de tomar su boca por asalto con la lengua para acariciar la suavidad aterciopelada de la de él.

Él se equilibró apoyando una mano en la ventana y se movió contra ella, reavivando su deseo, llevándola más alto con cada embestida.

—Fóllame, Jasper —lo acicateó ella, clavándole los talones en el culo y las uñas en la espalda, mientras se alzaba hacia él. Jasper gruñó y le enterró la cara en el cuello, impulsándose con fuerza hasta que ella estalló y volvió a gritar, arrastrándolo consigo en esta ocasión.

Él gimió, se apoderó de su boca y se corrió con unos violentos espasmos.

Ella le secó el sudor deslizando los dedos por su musculoso cuerpo y le besó el cuello, saboreando su gusto salado. Lo lamió y él se echó a reír.

—Estoy empapado de sudor —murmuró él.

—No me importa.

—Creo que no puedo moverme.

—No me importa.

—Esa película era un verdadero asco.

Ella se rió.

—No me importa.

Alice no podía evitarlo. Se pasó todo el lunes sonriendo en el trabajo. Jasper se pasó por allí, como siempre, pero esta vez fue distinto. Ambos se comportaron de otra forma. Él no quería ponerla en evidencia en el trabajo, de modo que pidió el café como un cliente cualquiera, pero la situación era… diferente. Su sonrisa y su actitud eran distintas, al igual que las de ella, que soltaba risitas tontas. ¡Risitas tontas! Aquello era el colmo. Estaba horrorizada de sí misma.

Sus empleados se reían, pero también se alegraban mucho por ella, estaban igual de sorprendidos de que hubiera encontrado a alguien como Jasper Whitlock. Seguía sin creer que aquello fuera real. Le daba la sensación de ser la Cenicienta.

Se suponía que iban a verse aquella noche, aunque Jasper le dijo que tenía que trabajar hasta tarde y que iría a su casa a eso de las ocho.

Cerró la cafetería a las dos, como siempre, y se quedó preparando los documentos para el ingreso en el banco. Como de costumbre era la única persona que quedaba en el local, que ya había cerrado sus puertas. Al oír que llamaba alguien, miró hacia la puerta y movió la cabeza, señalando el cartel de Cerrado.

—Por favor, señorita Brandon, ¿podría hablar con usted? —El que hablaba desde el otro lado del cristal era un anciano—. Trabajo en el despacho de abogados de Jasper Whitlock.

Alice abrió la puerta, llena de curiosidad, y le indicó que entrara.

—Gracias —dijo él con una sonrisa, extendiendo la mano—. Soy Bob Walters, uno de los socios sénior del bufete donde trabaja Jasper.
Alice sonrió y le estrechó la mano.

—Me alegro de conocerlo, señor Walters. Por favor, tome asiento.

—Gracias. Y llámeme Bob. —Se sentó ante la mesa y cruzó las manos.

— ¿Quiere un café? Ya he cerrado, pero me encantaría prepararle uno.

—No, así está bien, pero gracias.

De acuerdo, ¿por qué estaba allí alguien de la firma de Jasper, y cómo sabía su nombre? La curiosidad la estaba matando. No sabía si debía alegrarse o tener miedo de lo que aquel hombre estaba a punto de decir.

—Señorita Brandon, está usted acabando con la carrera de Jasper.

Se le cayó el alma a los pies. Bueno, ya tenía la respuesta.

— ¿Perdón?

—Permítame ser completamente franco. Jasper está llegando a lo más alto de la firma. Tiene ante sí un futuro muy brillante. Sin embargo, también trabaja en una empresa importante, una de las más influyentes de Forks. La sociedad y sus contactos e influencias son vitales, sobre todo para alguien que está a punto de convertirse en socio sénior.

—Estoy confusa, señor Walters. No entiendo a qué ha venido usted, ni lo que trata de decirme.

—Lo que intento decir es que la otra noche estaba en el cine igual que Jasper y usted. Sé lo que estaban haciendo exactamente en la fila de atrás.

¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¿El socio principal del bufete de Jasper estaba en el cine? ¡Mierda!

¿Qué había hecho? El fuego de la vergüenza le subió por el cuello. Bajó la mirada hacia los papeles que tenía en la mesa, demasiado avergonzada para mirarlo a los ojos.

—Como podrá usted imaginarse, en Walters & Litde no podemos tolerar esa clase de perversión. Si se sabe una sola palabra de la clase de actividades sexuales en las que está metido Jasper, su carrera profesional habrá acabado.

A Alice se le llenaron los ojos de lágrimas. Parpadeó para contenerlas.

—Entiendo. —No iba a hacer nada que echara a perder la carrera profesional de Jasper. Alzó la vista, intentando reunir cualquier resto de dignidad que le quedara—. ¿Qué quiere que haga?

—Ponga fin a su relación con Jasper. Permita que encuentre a otro… tipo de mujer. A una que no lo ponga en evidencia. —Puso una mano encima de la de Alice—. Si le importa algo, hará lo que sea mejor para él y para su futuro profesional. Lleva mucho tiempo trabajando y esforzándose para llegar a la cima y casi la ha alcanzado. No cometa el error de interponerse ahora en su camino.

Ella sacudió la cabeza para alejar las náuseas.

—Jamás haría tal cosa.

Bob asintió.

—Buena chica. Sabía que se preocupaba por él. Estaba seguro. —Se puso en pie—. Lamento hacer esto, pero sólo quiero lo mejor para Jasper. Es como un hijo para mí.

Ella caminó hasta la puerta y la abrió con la garganta en carne viva. Ni siquiera fue capaz de hablar, se limitó a dejarle salir, cerró la puerta y bajo las rejas de seguridad nocturna. Entonces se desplomó en una silla y se derrumbó, dejando que el llanto se apoderara de ella.

¡Oh Dios! ¿En qué estaba pensando? Había estado a punto de arruinarle la vida a Jasper con sus perversiones sexuales. Se limpió las lágrimas, se levantó, cogió una toalla, se secó la cara y se apoderó de los papeles del banco, decidida a arreglar las cosas.

De ninguna manera iba a interponerse entre Jasper y su carrera profesional. Lo que ambos tenían era divertido, pero la diversión era una cosa y el futuro de un hombre otra muy distinta.

Puede que lo amara, pero no era la mujer adecuada para él.
Aquella noche le diría que habían terminado. Eso era lo que tenía que hacer. Si de verdad lo amaba, tenía que dejarlo ir.

Debería haberse imaginado que ella y Jasper jamás podrían estar juntos.
Debería haberse quedado en su lado de la ciudad y guardado sus fantasías sexuales para sí misma.

Cuando Jasper llamó a la puerta de la casa de Alice, esperaba que no fuera demasiado tarde.

Tenía un nudo de nerviosismo en el pecho. La había echado de menos todo el día. Desde que vio su deslumbrante sonrisa por la mañana en la cafetería y el rubor que tiñó sus mejillas cuando los dedos de ambos se rozaron al entregarle la taza, sólo había podido pensar en ella.

 Ahora parecía un adolescente, parado ante su puerta, esperando a que la abriera.

De modo que el amor era eso. Sonrió, sintiéndose estúpido y feliz al mismo tiempo.

Pero se le congeló la sonrisa al ver la expresión de su cara cuando abrió la puerta.

—Alice, ¿ha pasado algo?

Tenía un aspecto horrible, sus ojos estaban hinchados y parecía tan triste como si se hubiera muerto alguien.

—Entra. Tenemos que hablar.

Él entró y ella cerró la puerta, pero no lo invitó a entrar más allá. ¡Oh, oh! Algo pasaba.

Cuando extendió una mano hacia ella, Alice se apartó.

—Alice, ¿qué sucede?

Ella se rodeó a sí misma con los brazos.

—No quiero seguir viéndote.
El corazón le dio un vuelco.

— ¿Qué?

—Hemos disfrutado de un buen fin de semana, pero lo cierto es que no quiero seguir con esto.

De acuerdo, algo no iba bien.

—No puedes estar hablando en serio.

—Lo estoy.

Él se pasó la mano por el pelo, anonadado.

—Esto no tiene ningún sentido.

Alice se encogió de hombros.

—Mira, Jasper. Estoy muy ocupada con mi profesión y tú con la tuya. He pasado unos momentos muy agradables este fin de semana, pero no esperarás que me comporte así todos los días, ¿verdad? Me refiero a que hay que ser realistas. Tener sexo en público es excitante pero no es lo normal en mi vida diaria. Para tener una aventura amorosa está genial, pero eso es todo.

¿Una aventura amorosa? ¿Qué coño estaba diciendo? El dolor le atenazó el estómago, dejándolo demasiado perplejo para decir nada. No podía creer que aquella fuera la misma Alice con la que acababa de pasar el fin de semana. Algo había ocurrido, pero no tenía ni idea de lo qué era.

—Dime la verdad, Alice. Ésta no eres tú.

Ella entrecerró los ojos.

— ¿De verdad? No me conoces en absoluto, Jasper. No sabes nada sobre mí. Nos hemos divertido follando, pero nada más. Has sido parte de una apuesta que hice con mis amigas. Un fin de semana de sexo loco. He cumplido con las condiciones de la apuesta y ahora se acabó.

— ¿Una apuesta?
—Eso es. Llevamos haciéndolas desde el instituto. Era un juego. Un juego tonto sin importancia.

—Entiendo.

No podía respirar. Aquello no estaba pasando. Él no había dejado de pensar en Alice y mientras tanto ella sólo pensaba en tener un fin de semana de sexo. Una apuesta. Él era una maldita apuesta. ¡Mierda! ¿Cómo podía haber estado tan equivocado?

—Mira, Jasper. Lo siento si de algún modo te he engañado. No quería hacerlo. Me lo pasé bien, pero de verdad estoy cansada y tengo que madrugar para ir a trabajar. —Abrió la puerta y lo miró con expectación—. Si no te importa…

Él miró la puerta abierta y luego a ella.

— ¡Vaya! Estaba realmente equivocado contigo. Con nosotros. Lo siento, Alice. —Se dio media vuelta y se fue dando un portazo.

Una vez fuera se giró y vio que las luces de la casa de Alice se apagaban, sin embargo, al entrar en el coche, dio unos golpecitos con los dedos en el volante y sacudió la cabeza.

Sus instintos nunca se habían equivocado. Lo habían ayudado en la universidad y en el trabajo en multitud de ocasiones. El instinto le decía ahora que Alice estaba mintiendo.

Detrás de su actuación había algo. Porque eso era lo que acababa de presenciar: una actuación.

Alice era muchas cosas, pero no era una mujer fría y despiadada.

Era cálida, amable y generosa.

Él deseaba que esa Alice volviera, e iba a averiguar qué era lo que había provocado un cambio tan radical.

Alice permaneció junto a la ventana y vio que Jasper entraba en su coche y se quedaba allí sentado.

—Vete, Jasper. Simplemente, vete.

Le dolía tanto el corazón que creyó que iba a morirse de tristeza. Era como volver a perder a Bobby, con el corazón desgarrado, traspasado por la sensación de pérdida.

El dolor reflejado en los ojos de Jasper cuando le arrojó a la cara su desinterés por él, le había destrozado. Nunca se había sentido más cruel. ¡Dios, aquello dolía! Deseaba abrir la puerta y salir corriendo hacia su coche, rodearlo con los brazos y decirle que estaba mintiendo, que el fin de semana que habían pasado juntos lo significaba todo para ella. Que se arrepentía de haberle hecho daño, que no pensaba de verdad todo lo que acababa de decirle.

Pero si lo hacía, le arruinaría la vida. Todo aquello que tanto se había esforzado por conseguir.


Él se fue al fin y ella se desplomó en el suelo, echándose a llorar.
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Excelente capitulo nos regalo Krizia, gracias amiga