Seguidores

martes, 17 de marzo de 2015

Salvaje, Perversa y Atrevida: Perversa Rose Cap. 5


Tres amigas…tres deseos secretos…tres oportunidades para hacerlos realidad.

Son tres amigas inseparables que se deleitan compartiendo sus aventuras y secretos.

Pero su última apuesta será la más arriesgada de todas: cada una debe acostarse con cualquier hombre que las otras dos escojan para ella… y luego relatar todos y cada uno de los jugosos detalles.

Capítulo 5
adaptación de Krizia

Pasarse las tardes en la cama, durmiendo la siesta, era decadente. Pasarse las tardes en la cama, recuperándose de los orgasmos más espectaculares de su vida, era algo impensable en su mundo.

Haberlas pasado con Emmett era como una fantasía pecaminosa.

Él era más de lo que ella había esperado nunca.

Y también lo que más había temido siempre.

Poderoso, dominante, sabía que teclas pulsar para excitarla y las presionaba como un experto titiritero. Si se hubiera equivocado una sola vez, ella habría sonreído con aire de suficiencia y se habría ido, sabiendo que Emmett, al igual que cualquiera de los hombres con los que había estado, sencillamente no la había entendido.

Pero la entendió perfectamente.

Demasiado bien.

Al desmoronarse como lo hizo, cayó directamente en sus manos. ¿Dónde se había metido todo su control? ¿Es que no podía dominarse un poco? ¿Acaso tenía que experimentar un orgasmo cada vez que él la lamiera, la tocara o la hiciera suya? Cualquiera pensaría que tras el primer clímax, habría quedado satisfecha y que podría haberse quedado allí tumbada, como un pez muerto, simplemente para que él supiera que no estaba tan al mando como le gustaba creer.

Pero no. Su cuerpo traidor tuvo que responder con un sonoro: ¡Bien! ¡Me estoy corriendo otra vez! Todas y cada una de las veces. Suspiró e intentó largarse de allí. Pero, como un ladrón intentando escapar con todo el botín, la huida fue imposible. Él le rodeó la cintura con un brazo y la trajo de vuelta contra el poderoso muro que era su pecho.

¡Maldición! Hacía que se sintiera segura, pegada a su cuerpo de esa forma. La postura era afectuosa y cómoda, y él era sólido y fuerte. Se sintió protegida y deseada. Necesitada.

¡Alto! Tenía demasiadas cosas en la cabeza ahora mismo. Y todas erróneas.
Emmett no era el tipo adecuado. No lo era. Al menos para ella.

— ¿En qué estás pensando?

El timbre profundo de su voz hizo que se le dispararan los nervios en todas direcciones, como un cohete.

—En nada.

—Mentirosa. Dime en que estás pensando.
Él le cogió un pecho. No lo apretó, como muchos hombres hacían, sólo lo rodeó con la mano y arrastró ligeramente el pulgar por encima del pezón.

El clítoris de ella respondió y las campanas empezaron a repicar al sur de su cuerpo.

¿Estaba conectada eléctricamente a Emmett? ¡Señor! Sólo tenía que acariciarla lánguidamente con los dedos y su cuerpo respondía.

Bueno, demonios, la responsable de su cuerpo era ella, no él. E iba a hacer caso omiso a las caricias a su pezón.

—Tan sólo estaba pensando que estoy cansada.

—Te has echado una siesta. De hora y media.

Una hora y media acurrucada en sus brazos. Un dulce olvido.

—Sigo estando cansada.

—No, no lo estás. Pero yo tengo hambre y estoy seguro de que tú también. ¿Qué tal una ducha y algo de comer?

Ella se encogió de hombros, pero el estómago le retumbó, delatándola. Él se echó a reír y la soltó.

—Ve a ducharte. Las toallas están en el armario al lado del lavabo. Yo voy a encender la parrilla y subiré cuando tú hayas terminado.

¿Ducharse? ¿En el cuarto de baño de un hombre? ¿Sin el maquillaje y el secador de pelo?

¿Qué se iba a poner luego? ¿Tenía él la más mínima idea del aspecto que tenía ella al salir de la ducha? No estaba preparada para aquello. Se metió en el cuarto de baño y encendió la luz, haciendo una mueca al ver lo… masculino que era todo. Un único lavabo blanco. Bastante aséptico, supuso.

También había una ducha, pero, ¿dónde estaba la esponja vegetal? ¿Y la pequeña cuchilla de afeitar de color púrpura? ¿Y el gel de baño? Apostaría a que él ni siquiera disponía de un champú perfumado.

Probablemente usara algo llamado Garras de Oso o Espuma de Hombre.

¡Puaj!

Abrió los grifos y luego rebuscó en el armario de la ropa, dando las gracias al encontrar un champú aceptable y un acondicionador. Gracias a Dios. Y poseía unas agradables toallas, grandes y suaves. Se quitó el maquillaje, se lavó, se aclaró y salió justo a tiempo para encontrárselo junto a la puerta de la ducha, quitándose los vaqueros.

—El fuego de la parrilla ya está encendido. Déjame pasar mientras te secas.
Pasó junto a ella y se metió rápidamente en el plato de la ducha, mientras ella se acababa de secar.

Todo aquello era muy íntimo. Algo que haría una pareja que viviera en la misma casa.

Y ella necesitaba su peine.

— ¿Tienes un cepillo de pelo? —preguntó a voces.

—En el tercer cajón de abajo.

Ella lo abrió y sacó un peine de dientes largos para deshacer los enredos de su pelo.

—Supongo que no tendrás un secador de mano.

—En el último cajón.

¡Sí! Corrió hasta el armario y sacó el secador. No era elegante, pero serviría. Ni siquiera iba a preguntarle por qué lo tenía, estaba agradecida de que lo tuviera. Él terminó de ducharse y salió, sacó una toalla del armario y, mientras se secaba, se quedó mirando cómo se arreglaba ella el pelo.

Y ella se quedó mirando cómo la observaba.

Y aquello empezó a ponerse más caliente a cada minuto, especialmente cuando él se envolvió las caderas con la toalla, cogió un cepillo y se puso junto a ella para cepillarle el pelo. La toalla descansaba sobre sus estrechas caderas. Ella devoró con los ojos su estómago plano, contó los músculos que lo surcaban, se le hizo la boca agua ante su pecho y sus brazos esculpidos, y luego se maldijo mentalmente a sí misma cuando él le sonrió a través del espejo.

¿Cómo, se atrevía a ser tan sexy? Decidió no hacerle caso.

Pero maldición, él olía bien. Suspiró y aspiró su aroma, resistiéndose al impulso de soltar el secador, caer de rodillas ante él y enterrar la cara en su entrepierna. Por suerte, él se fue del cuarto de baño antes de que ella cediera a sus bajos instintos. Apagó el secador y lo siguió, comprobando la elegancia y firmeza de sus nalgas mientras él se ponía un par de vaqueros y una   camiseta suelta.

Ella cogió la falda y el top que estaban en la silla, junto a la cama, y se vistió. Las bragas estaban inservibles y de todas formas, tampoco sabía dónde se encontraban.

Emmett la miró vestirse.

—Me gusta saber que no llevas nada debajo de esa falda —dijo, acercándose a ella y abrazándola. Le levantó la falda y le pasó la mano por las nalgas, deslizando los dedos entre ellas, para excitarla—. Quiero poder jugar contigo cuando quiera.

A ella se le irguieron los pezones y se contrajeron contra la tela, alertándolo de su excitación. Él le dirigió una sonrisa, plenamente consciente de la reacción de ella a su contacto.

—También me gusta que te humedezcas en cuanto te toco. Como estás haciendo ahora mismo.

— ¿Estás intentando avergonzarme?

Él arqueó una ceja.

— ¿Avergonzarte? No. Estoy intentando que te desinhibas. Este fin de semana tengo intención de poseerte, Rose. Donde y cuando quiera. Vas a cederme todo el control y aprenderás a disfrutarlo. Acostúmbrate a la idea.

Le colocó la falda sobre las nalgas, le acarició el trasero y salió de la habitación.
Mmm. Donde y cuando quisiera. Como si ella fuera una cualquiera que hubiera contratado para obedecer sus órdenes. Ya veríamos. Ella no era el juguete de ningún hombre y menos de Emmett. Y por mucho que disfrutara teniendo sexo con él, ese juego psicológico que estaba jugando con ella no iba a dar resultado. Si estaba allí, era por una apuesta y nada más.

— ¡Rose! Sal fuera —gritó él—, y trae una botella de vino tinto cuando salgas.

Ella puso los ojos en blanco, pero se detuvo en la cocina antes de salir por la puerta de atrás al patio, poniéndose las sandalias primero.

Él tenía dos filetes sobre la parrilla, junto con unas brochetas de verduras y unas patatas envueltas en papel de aluminio. Ella le entregó la botella, él la abrió y la dejó aparte para que el vino se oxigenara durante un momento.

— ¿Hay algo más que necesitas que haga? —preguntó ella.

—Sí. Siéntate y relájate. Pareces tensa —dijo él con una ancha sonrisa.

Rascal empezó a saltar para que le dieran una palmadita en la cabeza y le rascaran las orejas.

Rose se entretuvo jugando con el perro mientras Emmett cocinaba. La escena era muy… hogareña, y le hizo sentirse incómoda.

La puesta de sol se colaba entre las densas copas de los árboles de la propiedad de Emmett, suavizando ligeramente el agobiante calor. Aún así, aquélla iba a ser una noche calurosa, sin apenas brisa que la aliviara.

Observó a Emmett mientras éste cocinaba, imaginándoselo en el amplio patio con un par de niños, más perros y mucho bullicio. Unos columpios, juguetes por todas partes, y puede que una piscina y un jacuzzi.

Lo único que le faltaba era una mujer con quien compartirlo.

Y no es que ella fuera esa mujer.

Nada de eso. Esa clase de vida no era para ella. Se quedaría siempre soltera, feliz y sin preocupaciones. Todas aquellas fantasías de la familia, los niños, los acres de terreno, y una casa de rancho como la que poseía Emmett, era el sueño de otra persona, no el suyo.

Algún día, él encontraría una mujer amable y dulce que se iría a vivir con él y haría realidad aquel sueño.

Entonces, ¿por qué la idea hacía que se le retorciera el estómago? ¿Y por qué se imaginaba a sí misma en medio de ese patio trasero, metida en la piscina hasta la cintura, y riéndose con los niños o forcejeando con los perros?

¡No era ella! Ella iba a ser una mujer soltera siempre; una mujer con una carrera profesional, responsable de su propio destino, con el control total de su vida. Y en ninguna parte de esa vida aparecían un rancho, una casa, un par de críos, un perro y una piscina.

—Lo estás haciendo otra vez.

Ella levantó la vista para encontrarse con que Emmett le estaba poniendo un plato delante.

— ¿Haciendo qué?

Él se deslizó en la silla de al lado de la de ella y sirvió una copa de vino para cada uno.

—Estás perdida en tus pensamientos. ¿En qué pensabas?

Ella, echándole la culpa al calor por el rubor de su cara, cogió una servilleta y miró el plato de comida que de repente había perdido todo su atractivo.

—En nada.

—Otra vez con secretos. —Él empezó a comer, pero la estudió, hablando entre bocado y bocado—. Voy a intentar adivinarlo.

No lo adivinaría ni en un millón de años.

—Te preguntas qué es lo que voy a hacer contigo después de cenar.

Ella resopló y levantó una brocheta de verduras.
—Frío, frío.

— ¿No te preguntas lo que voy a hacer contigo después de cenar?

—No.

—Pues deberías. —Le dirigió una sonrisa maliciosa y volvió a la comida.

Y ella comenzó a pensar mientras comía. ¿Qué iba a hacer con ella después de la cena? Para cuando terminaron de comer y quitaron los platos, ya se había imaginado varios escenarios.

Gracias a Dios, él no tenía ninguna lámpara de araña en su casa.

— ¿Sigues dándole vueltas? —preguntó él cuando metieron el último plato en el lavavajillas.

Otra escena doméstica más. Cosas seguras que le resultaban placenteras y fáciles de hacer con él. Eso le puso los pelos de punta. Nunca en su vida había fregado los platos con un hombre.

— ¿Dándole vueltas a qué?

— ¿A lo que tengo planeado?

—No. Pero doy por hecho que al final me lo dirás, de modo que no veo razón alguna para desperdiciar materia gris en tratar de descifrar lo que ha urdido tu retorcido cerebro.

Él volvió la cabeza y se rió, luego volvió a llenar las copas de vino y se dirigieron al porche delantero.

— ¿Retorcido, eh?

Allí fuera la brisa era mejor, ya que el sol por fin se había puesto. Se sentaron en un balancín blanco de madera. Él empezó a moverlo con los pies y ella se relajó, cruzó las piernas por debajo de su cuerpo y empezó a beber el vino, con la mirada perdida en la noche despejada.

Allí, en el campo, se veían claramente las estrellas, algo que nunca conseguía ver en la poblada y muy iluminada ciudad.
—Me tranquilizas con una falsa sensación de seguridad —dijo ella.

— ¿Qué?

—Es algo extraño. —A ella no se le ocurría otra forma de explicarlo—. Primero sexo sórdido, luego cena y vino, y ahora nos mecemos en el porche delantero. ¿Cómo sigue el guión, Emmett? Continuemos con él, simplemente.

Él se terminó la copa de vino y la puso sobre la pequeña mesa, junto al balancín.

— ¿Tienes una mesa reservada o algo así?

Sí. Necesito largarme de aquí antes de que empiece a disfrutar demasiado.

—No.

—Entonces tranquilízate, Rose. Olvida las prisas. Tenemos toda la noche. Permite que tu estómago haga un poco la digestión y limítate a disfrutar de la noche.

Ella apenas había comido nada, de modo que no había mucho que digerir. Estaba tan ansiosa y desquiciada como era posible estarlo. La desazón le recorrió el cuerpo. A pesar de las copas de vino que se había tomado, no estaba relajada en absoluto. Los pensamientos sobre barbacoas, patios traseros, piscinas y niños, le habían inundado la cabeza. Tenía que pasar este fin de semana de sexo desenfrenado con una sola idea en la cabeza: sexo. Follar de manera perversa con Emmett y cumplir las condiciones de la apuesta. Nada más.

Sexo, sexo y más sexo. Algo que pudiera controlar. Y luego borrarlo para siempre de su memoria. Al llegar el lunes, su relación con Emmett volvería a ser la misma de los diez años anteriores: hostil y distante.

Él le deslizó un brazo por la espalda y empezó a juguetear con su pelo, a darle masajes en la cabeza y a tirar suavemente de los rizos.

¡Maldición! Le gustaba cuando un hombre jugaba con su pelo. Se le ponía la piel de gallina.

La excitaba. Se le endurecieron los pezones. Recostó la cabeza en su mano para que continuara.

Al inclinarla un poco más, se estremeció, disgustada cuando su clítoris empezó a hormiguear.

Ella era arcilla en sus manos, maldito fuera. Él sabía exactamente que botones pulsar.

Él se enroscó el pelo en el puño y tiró de él, obligándola a doblar el cuello hacía atrás, y luego presionó los labios en su garganta. A Rose se le desbocó el pulso, el corazón golpeó con fuerza contra su pecho. Todo el frescor que le había proporcionado la brisa, desapareció ante el golpe de calor que se originó en su interior. Él trazó un reguero de fuego a lo largo de su cuello y de su mandíbula, para acabar capturando su boca en un beso apasionado que explotó cuando le separó los labios y le introdujo la lengua.

Exploró todos los recovecos de la boca de ella con movimientos lentos, relajados y aterciopelados de su lengua, como si dispusiera de toda la noche. Y continuó asiendo su pelo todo el tiempo, sujetándole la cabeza, dominándola.

Ella se estremeció bajo su control, por la forma en que le recorría la lengua con la suya, primero con suavidad y luego con mayor insistencia, presionando los labios contra los suyos con más firmeza. Él colocó el cuerpo sobre el de ella, le acarició la cintura con la mano que le quedaba libre y deslizó los dedos por debajo de la camiseta, subiéndola hasta sus pechos. Se inclinó y cogió un pezón entre los dientes, mordisqueándolo suave y ligeramente. Ella apretó los dientes y elevó las caderas en respuesta, deseando que hiciera lo mismo con el clítoris. Quedaba luz suficiente para ver cómo le lamía y mordía los pezones, para contemplar como los rodeaba con la lengua, haciendo que se irguieran, húmedos con su saliva, expuestos al aire y suplicando más atención.

Ella se estremeció, pero desde luego no fue de frío. Fue por su forma de mirarla cuando levantó la cabeza, por el hambre y la pasión que vio reflejada en sus ojos.
Él le sostuvo la mirada mientras se soltaba el botón de los vaqueros y se bajaba la cremallera, dejando libre el pene. Se lo rodeó con la mano y se lo acarició, haciendo que a ella se le hiciera la boca agua de ganas de probarlo.

—Chúpame, Rose.

Todavía sujetándole el pelo, le empujó la cabeza hacia su regazo. Ella, impaciente por aceptar su miembro en la boca, rodeó el glande con los labios, lamiendo las finas gotas de líquido reunidas allí, y fue recompensada con un gemido de placer.

Puede que él se creyera que era él quien tenía el control, pero ella era una maestra en esto.

Ella dio un golpecito con la lengua en la punta, y luego lo succionó, introduciendo poco a poco cada centímetro. Él se impulsó hacia arriba, alimentándola, hundiéndole los dedos en el pelo otra vez, mientras gemía de placer y echaba hacia atrás la parte superior del cuerpo.

Ella le clavó las uñas en los muslos cubiertos de tela, con el sexo empapado a causa de su propio deseo, e impaciente porque la penetrara. Se encontraba consumida por un apetito cruel, por la necesidad de darle placer, de arrástralo consigo a la cima de la insoportable urgencia.

— ¡Oh, sí! —murmuró él—. Introdúcela hasta el fondo, Rose. Trágatela.

Ya no quería desafiarlo. ¿Qué sentido tenía, si proporcionarle placer a él incrementaba el propio? Él empujó hacia delante y ella lo aceptó profundamente en su garganta, tragándoselo, comprimiéndolo, hasta que él dejó de moverse, le hundió los dedos en el pelo, y le sacó el miembro de la boca.

— ¡Maldición! —exclamó él, echándole la cabeza hacia atrás e incorporándola. Cubrió la boca de ella con la suya y se la devoró, follándola con la lengua. Dura e insistentemente, con una pasión devastadora que le magulló los labios, e hizo que se le hinchara el clítoris y le doliera de necesidad.

Ella gimoteó contra su boca y él apartó los labios, poniéndola a horcajadas frente a sí.

—Fóllame —ordenó él.

Ella se emocionó ante el tono áspero de su voz, y se montó en su polla, echando la cabeza hacia atrás y gimiendo por el intenso placer de sentirse invadida por su grueso miembro.

—Sí —murmuró, aferrándose a sus hombros para alzarse y luego descender sobre él, hasta que sus testículos chocaron contra su sexo.

Fue ella quien impuso el ritmo, cabalgándolo lentamente; cada roce del clítoris contra la pelvis de él, era como el estallido de un relámpago en su vagina.

—Me gusta esto de follar contigo vestida. Es obsceno. Me gusta que seas obscena, Rose.

Fóllame más fuerte.

Ella accedió, elevándose y cayendo de golpe contra él.

—Eso es, déjate caer sobre mis testículos. Maldición, esto es maravilloso.
Le agarró las nalgas y empezó a moverla arriba y abajo sobre su pene. Ella se levantó la falda para poder ver los movimientos de la polla de él entrando y saliendo de su sexo.

—Acaríciate el clítoris para mí, nena. Provócate un orgasmo.

Ella se llevó la mano a la entrepierna y se acarició el clítoris, sabiendo que él tenía una visión perfecta de la polla desapareciendo entre los labios del sexo, y de su mano frotando el clítoris.

— ¡Maldición, es maravilloso! —dijo él, con la mirada puesta en el lugar donde ambos estaban unidos.

Se le hinchó el miembro mientras que las contracciones de la vagina le asían fuertemente, avisándolo de que estaba próxima al orgasmo.

Ella se acarició el clítoris con mayor rapidez, lanzándose hacia el clímax, observando como a él se le oscurecían los ojos y separaba los labios, jadeando con ella.

—Me voy a correr —susurró ella, respirando con dificultad. Arqueó la espalda y clavó el sexo contra él.
Los ojos de él eran tormentosos, sus labios estaban separados y su mirada entrecerrada era tan condenadamente seductora que ella no podía soportarlo.

—Córrete en mi polla, Rose. Absorbe mi orgasmo y llévame contigo.

Ella se sujetó a su hombro con una mano y se frotó con furia el clítoris, mientras las sensaciones la quemaban por dentro. Entonces llegó; un explosivo orgasmo que le arrancó un grito. Mantuvo los ojos clavados en los de él mientras se corría, y notó como él estallaba al mismo tiempo, entrando y saliendo de ella, lanzándole un abrasador chorro de semen.

Se movían a la vez, dirigiendo sus propios orgasmos, para estallar juntos.

Rose se desplomó hacia delante y se abrazó a los hombros de Emmett, estremeciéndose con las réplicas del orgasmo que seguían recorriéndola. Él le acarició el pelo y la espalda con ternura mientras el frenesí de ambos iba disminuyendo de intensidad.

Abrazada a él de esa forma, Rose comprendió que con Emmett se sentía más ella misma de lo que se había sentido nunca con un hombre.

Y eso la asustó más que cualquier otra relación de las que había salido huyendo.

 Él la levantó en brazos y la llevó al dormitorio, donde la desnudó y la atrajo hacia sí. Su pene todavía estaba duro.

No le habló, se limitó a introducírselo y a acariciarla, despacio, sin palabras, haciéndole el amor dulce y suavemente. Le acarició los pechos, la besó en la nuca, deslizando las manos por todo el cuerpo para, finalmente, posarse en su clítoris.

Fue lentamente y sin prisas, como si tuviera todo el tiempo y la paciencia del mundo.

Ella no creía que pudiera correrse otra vez, y cuando lo hizo, la pilló desprevenida; los gritos de la culminación fueron una grata sorpresa cuando experimentó un orgasmo estremecedor que la llevó al borde de las lágrimas.

En esta ocasión, él no se corrió; se limitó a dejar el pene dentro de ella, y acunarla durante un rato, sosteniéndola, con el miembro suavizándose hasta que él dejó de moverse. Sin dejar de sujetarla, acariciarla o besarla.

Aquel era el instante más condenadamente dulce que ella había experimentado nunca.

Llevaba diez años amando a Emmett McCarty. Esta noche sólo había servido para empeorar las cosas. Su corazón se estaba rompiendo.

Tenía que largarse de allí por la mañana.

El sol asomó entre las persianas entreabiertas. Rascal ladraba por algo. Era hora de levantarse.

Emmett buscó el calor de Rose, pensando que unos minutos más no tendrían importancia.

Extendió el brazo sobre la cama, pero ella no estaba allí.

Se incorporó y miró hacia el cuarto de baño, pero la puerta estaba abierta.
Salió de la cama, bostezando, y se asomó. Ni rastro de ella. Entró en la cocina. Tampoco estaba allí.

Cuando se asomó a la puerta de la calle, se confirmaron sus sospechas. El coche de ella no estaba. Rose se había ido.

Se puso furioso. ¡Maldición! Entró como un ciclón en el dormitorio y se puso los vaqueros, encendió la cafetera, dio de comer a Rascal, y después empezó a tamborilear con los dedos en la encimera, esperando a que el café terminara de hacerse.

Para cuando se hubo tomado un par de tazas, ya estaba lo bastante despierto como para que la cólera hubiera desaparecido. Y no le sorprendía tanto que Rose hubiera salido disparada de allí. La entendía mejor de lo que ella se entendía a sí misma.

Rose tenía miedo de lo sucedido entre ellos, porque lo disfrutaba. Él había resquebrajado su escudo. Él lo sabía y ella también.

De no importarle, se habría quedado. Y aquello era algo bueno. Significaba que estaba verdaderamente preocupada. Había dado el primer paso y se había acercado a él después de tantos años. Lo que ambos habían compartido era especial, y no estaba dispuesto a perderla.

Ahora lo único que tenía que hacer era planear lo que iba a hacer después.
Paseó la mirada por la cocina, cogió el café y se dirigió al salón, sonriendo cuando se le ocurrió una idea.


Tenía un plan. Un plan perfecto.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Caldeando el ambiente con estos dos huracanes jeje.Me gusta mucho este fic en el cual todo empieza por una apuesta y termina con los sentimientos a flor de piel.Gracias a Krizia y a Coka por permitirnos disfrutar de sus letras.Besos y abrazos para todas desde España. Maria del Mar.

maty dijo...

el capitulo uf!!! candente jajaja estos dos como disfrutan jajajja creí que se arruinarían las cosas por que ella salio huyendo... pero no emmett va tras ella... ai que romántico que vallan a por ti :D ya quiero leer le próximo que pasara cuando se encuentren otra vez, que se dirán.. chacachachan jajja gracias krizia y coka por la historia esta uf!! y con unas ansias de leer mas.

Saludos
maty

Nancy Quintero dijo...

KRIZIAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!!!!!!!!!!!

NO ME DEJES ASIIIII!!!

ahiii estos dos son dinamita pura!!!! y se aman sin duda!!!!!!!!1

cual sera el plan de Emmet.... es un amorrrr un caballero!!! lo amo lo amo lo amo lo amoooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooooo!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

Me encanto el capitulo Krizia estuvo genial y me muero por el proximo!!!!

un fuerte abrazo

Nancy Q.

Bell.mary dijo...

Wooowww nena que capítulo tan mas candente, estos dos juntos son capaz de derretir hasta los cascos polares jajajaja
En verdad que saben como pasar un buen fin de semana ... pobre Rose tiene miedo porque se dio cuenta que Emett la conoce mas de lo que ella misma se conoce y sumale que ha estado enamorada de el aun y cuando no lo quiera admitir, por eso salio corriendo pero lo bueno es que Emmett no se dará por vencido y tiene un plan ..
Ahora sólo hay que esperar para ver que se le ocurre....

Mil gracias Krizia por darnos unas tardes acaloradas jajajaja
Besos