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martes, 10 de febrero de 2015

Salvaje, Perversa y Atrevida: Perversa Rose (Capitulo 4)



Tres amigas…tres deseos secretos…tres oportunidades para hacerlos realidad.

Son tres amigas inseparables que se deleitan compartiendo sus aventuras y secretos.

Pero su última apuesta será la más arriesgada de todas: cada una debe acostarse con cualquier hombre que las otras dos escojan para ella… y luego relatar todos y cada uno de los jugosos detalles.


CAPITULO 4




 Adaptación de Krizia


Rose contuvo el aliento, con el cuerpo en tensión, mientras Emmett le iba lamiendo el cuello.

Su aliento era cálido y sus susurros eran más propios de la oscuridad y la medianoche que de las últimas horas de la tarde.

— ¿Qué se siente al estar atada y saber que puedo hacerte lo que quiera, y que tú no puedes  moverte?

Ella tembló y contuvo la contestación que tenía en la punta de la lengua. Lo que deseaba hacer era exigirle que la soltara, vestirse, largarse, volver a conectar los cables del Mercedes y salir pitando de allí. En vista de que ya no era ella quien estaba al mando, el juego había dejado de gustarle.

Pero entonces perdería la apuesta. Y odiaba perder. Ella no perdía.

—Estás temblando, nena. ¿Tienes frío?

Él había provocado en su cuerpo una fiebre abrasadora. No tenía frío.
Estaba aterrada, porque aquello le gustaba demasiado.

Él levantó la cabeza y la miró.

—No, estoy bien.

— ¿Bien, eh? —Él sonrió—. No quiero que estés bien. Vamos a ver cómo le ponemos remedio.

Volvió a inclinarse hacia su cuello y depositó unos suaves besos en su garganta. Con tanto cariño y dulzura que los ojos se le llenaron de lágrimas.

No le gustaba el Emmett dulce. Le gustaba el cascarrabias y peleón, no éste que satisfacía su cuerpo y le hacía desear abrazarle y suplicarle que le metiera la polla dentro.

Estaba necesitada.

Y Emmett alimentaba sus necesidades, moviéndose desde su cuello a sus pechos, cogiéndolos en sus manos. Ella levantó la cabeza para verlo pasar la lengua de un pezón al otro, lo que hizo que se irguieran, exigiendo su atención.

Necesitaba aquella atención. Deseaba tanto tener allí su boca que le dolían los pezones.

Quería suplicar, pero no lo hizo, se negaba a expresar en voz alta sus necesidades. Se arqueó contra él y el impacto de su boca la abrasó cuando él atrapó uno de ellos entre los dientes.

La sensación era increíble. Gritó cuando él le dio un golpecito con la lengua, luego lo succionó, y lo mordisqueó. ¡Dios Todopoderoso! ¿Qué le estaba haciendo? Todas las sensaciones que le provocaba iban directas al clítoris; el tembloroso y creciente apremio la incito a arquearse, a alimentarlo con su pecho. Se sentía consumida, como si él conociera cada centímetro de su cuerpo.
Él la estaba devorando, y ella quería más.

Y él se lo dio, pasando al otro pecho, lamiéndolo, mordisqueándolo, aplastándolo entre la lengua y el paladar, como si intentara tragárselo.

Lo deseaba. Era como si no pudiera darle lo suficiente de sí misma.

Él fue descendiendo por sus costillas, le introdujo la lengua en el ombligo y dio un tironcito al piercing que allí había.

—Esto es condenadamente sexy —dijo él, arrastrando las palabras, mientras daba golpecitos al adorno del ombligo.

Elevó la cara hacia ella, su rostro quedó iluminado por la luz del sol que penetraba en la habitación. El pelo, grueso y ondulado, le caía sobre la frente, y sus ojos, oscuros como un océano, brillaban de deseo, abrasándola desde los dedos de los pies hasta la cabeza.

Le deslizó la mano por el vientre plano y a ella se le tensaron los músculos en respuesta.

Estaba tan cerca de su sexo que le temblaba el clítoris y todos sus músculos estaban tensos de expectación. En ese momento, lo que menos le importaba era quien estaba al mando, simplemente se alegraba de ser Mujer.

Su mujer.

Al menos durante aquel fin de semana. Ni podía ni quería pensar en nada que no fuera el placer de las manos de él sobre su cuerpo, y la forma en que despertaba cada una de sus terminaciones nerviosas, de un modo que nunca había experimentado. No iba a lamentarse por lo que se había estado perdiendo al mantener a aquel hombre a raya todos esos años. No quería.

Se iba a limitar a disfrutar del momento, a grabarse en la memoria cada precioso segundo de sus manos acariciándole las caderas, de su lengua en el hueco del ombligo, jugando con el pendiente que ella tenía allí, de la forma en que seducía a su cuerpo y obligaba a cada terminación nerviosa a tomar conciencia de que estaba ardiendo.

Antes de que descendiera entre sus piernas, y le lamiera la parte interna de los muslos y depositara allí unos besos suaves.
Se moriría si no le ponía la lengua en el clítoris, si no la succionaba, la lamía y le introducía los dedos; cualquier cosa que la hiciera correrse. En ese instante. Se estaba derritiendo sobre las sábanas, condenadamente húmeda, ansiosa y preparada para él.

Vamos Emmett. Lámeme. Chúpame el clítoris. Fóllame con los dedos.

Lo deseaba tanto que no podía soportarlo.

Y quería que la desatara para poder retorcerse, sujetarle la cabeza entre las manos y plantar los labios sobre los suyos, agarrarle el pene y obligarlo a penetrarla. Elevó las caderas, arqueándose contra su indagadora boca.

—Tranquila, nena —dijo él, lamiéndole el interior del muslo—. Sé lo que quieres.

—Entonces dámelo. —La aspereza impregnó cada una de las palabras de ella. Ni siquiera parecía ser su voz. Sonó apasionada y sexy incluso a sus propios oídos.

—Me gusta cuando suplicas. ¿Hasta qué punto lo deseas, Rose?

Ella se mordisqueó el labio inferior, sin querer darle la satisfacción de pedirle que hiciera lo que sabía que iba a hacer de todas formas. Al final. Dentro de poco. Tenía que hacerlo. ¡Por Dios, sería mejor que lo hiciera!

—Por favor, Emmett.

—Tus deseos son órdenes para mí, princesa.

El primer contacto de su lengua contra el sexo de ella fue como un estallido de calor, como haberlo puesto sobre un horno húmedo. Cuando movió la lengua hacia arriba y luego la volvió a bajar, ella lanzó un largo gemido. Y ya no le importó nada. Las inhibiciones salieron volando por la ventana mientras abría las piernas tanto como podía, facilitándole el acceso a su vagina.

—Chúpame —suplicó—. Sí, así.

Emmett poseía una lengua magistral, sabía exactamente qué hacer con ella. Cuando Rose pensó en todos aquellos hombres a los que había tenido que dar instrucciones, dejó caer la cabeza en la almohada y maldijo los años desperdiciados.

Izó la bandera blanca, se rindió, y en ese momento supo que estaba perdida. Nunca jamás un hombre la había hecho sentirse tan bien, ninguno conocía su cuerpo de la manera que lo conocía Emmett. Sin necesidad de recibir instrucciones, sin frustración; le chupaba el clítoris como un atleta que sabía exactamente donde estaba la línea de meta.

Ella se arqueó contra su boca, impulsando su sexo contra la cara de él, dirigiéndose a toda velocidad a un clímax que ni podía ni quería contener. Se estaba acercando y lo deseaba, lo ansiaba y quería que Emmett se lo proporcionara.

Sin embargó, él se alejó del clítoris, redujo la velocidad y alteró el proceso.

 Ella levantó la cabeza de la almohada de golpe, lo miró con la boca abierta y se lo encontró mirándola con una sonrisa entendida en la cara.

Estuvo a punto de insultarlo, pero él deslizo dos dedos en su vagina.

— ¡Oh, Dios mío!

— ¡Joder, nena, eres como mantequilla derretida! —dijo él—. Estás caliente y apretada.

Estoy impaciente por metértela.

Ella no podía arrancar la mirada de los movimientos de sus dedos, de su forma de observarla.

—Hazlo —susurró ella—. Fóllame.

Él le dirigió una sonrisa sesgada.

—En seguida. La tengo muy dura, Rose. Necesito follarte, pero antes quiero que te corras para mí. Quiero absorber tu orgasmo, sentir como me oprime los dedos. —Retiró los dedos y volvió a introducírselos—. Vamos, nena, córrete para mí y déjame verlo.

Ella se quedó mirando, paralizada, como ponía él la boca sobre su clítoris y lo chupaba, al tiempo que metía y sacaba los dedos de su vagina. Delirantes sensaciones empezaron a formarse, para luego ir creciendo en una incontrolable espiral que no acababa nunca.

Se contuvo todo lo que pudo, jadeando, y luego se dejó ir, permitiendo que el orgasmo fluyera a través de ella. Emmett le lamió el clítoris cuando se corrió, dejando inmóviles los dedos cuando ella se arqueó hacia él, presa del orgasmo más intenso que le había brindado jamás un hombre. Los gritos le desgarraron la garganta; todo su cuerpo se convulsionó mientras luchaba contra las esposas y las ligaduras que la sujetaban; la humedad del orgasmo se derramó formando riachuelos calientes en dirección a su ano mientras ella se corría en una cascada que parecía no tener fin.

Las minúsculas descargas reverberaron a través de ella, hasta que por fin disminuyeron lo bastante para permitir que se desplomara sobre el colchón, saciada y exhausta, pero absolutamente feliz.

Estaba agotada y llena de energía al mismo tiempo; su vagina se contraía en pequeños espasmos en torno a los dedos de Emmett. Levantó la cabeza y miró su cara mojada. Él se incorporó, sacó por fin los dedos y gateó sobre la cama hasta quedar a su lado.

—Prueba —dijo él, llevándole los dedos a la boca.

Ella nunca había hecho tal cosa antes, pero cuando él le puso los dedos contra los labios, le permitió que se los deslizara en el interior de la boca y probó su propio sabor. Olía a almizcle y sabía salado y dulce, como la miel. Él sacó los dedos y la besó, con el rostro cubierto por la esencia de ella.

Aquello de paladear su propio sabor de los labios de un hombre, fue lo más erótico que había experimentado nunca. Y nada desagradable. Hizo que le hormigueara todo el cuerpo y que la vagina se le contrajera con renovado deseo. La lengua de él la invadió, deslizándose contra la suya en un cálido remolino de terciopelo que le formó nudos en el vientre. Se debatió con las esposas, deseando estirar la mano y cogerlo, asirle el pene y dirigirlo hacia su sexo, que estaba a la espera.

¿Por qué no la tomaba? Se arqueó contra él, empujando la lengua contra la suya, dándole todas las señales necesarias y exigiendo. Sin embargo, él continuó con el lento y deliberado asalto a su boca, sujetándole la cabeza entre las manos y acariciándole el pelo mientras la besaba.

Lo estaba haciendo a propósito. Ella estaba consumiéndose de deseo y él volvía a los juegos preliminares; besando y acariciando, cuando lo que ella quería era follar. ¡Ese hombre era desesperante!

Cuando él interrumpió por fin el beso y la miró, ella contuvo el aliento ante la intensidad de sus ojos oscuros. En ellos se reflejaba un hambre y un crudo deseo. ¿Por ella? ¿Hacia ella? Nunca había visto a un hombre mirándola así.

Aunque intentó volver la cabeza, él se la sostuvo firmemente entre sus fuertes manos.

—No apartes la vista. Mírame. Observa cuanto te deseo.

Su pene se levantó entre las piernas de ella, atormentando su carne sensibilizada. Un solo y certero movimiento, y estaría dentro de ella. En su lugar, con lo único que la penetró fue con los ojos, como si pudiera ver en su interior y saber lo que pensaba.

—Para —ordenó ella.

— ¿Que pare de qué?

—De mirarme así.

Él arqueó una ceja.

— ¿Cómo?

Ella odiaba estar atada de aquella forma y ser incapaz de apartarse.
—Lo sabes perfectamente. Desátame.

—No.

—Me duelen las muñecas.

Él se estiró para examinárselas.

—No están irritadas. Estás bien.

—Tengo calambres.

—Mientes. Estás húmeda —dijo él, separándole con su miembro endurecido los labios del sexo y frotándose contra ella de una forma que le provocó un chispazo de placer en la vagina.

—Por supuesto que lo estoy, idiota: me he corrido.

Él volvió a moverse contra ella.

—Estás húmeda porque esto te gusta.

—No lo hagas. —Se sintió infantil al decirlo, pero no pudo evitarlo. Estaba en seria desventaja, y se veía obligada a recurrir a cualquier táctica que se le ocurriera. Que no eran muchas. Sufría de una irritante carencia de instrumentos para la batalla.

— ¿Quieres tener mi polla dentro?

¡Sí! Ella se encogió de hombros.

—Me gustaría continuar con esto.

Él se rió e inclinó la cabeza hacia sus pechos, haciéndole cosquillas en el cuello con el pelo.

Ella respiró hondo, inhalando su vivificante aroma, intentando no suspirar de placer. La volvía loca.

Y cuando él volvió a ascender por su cuerpo ella gimió.

— ¿Qué estás haciendo?

—Prepararte —murmuró él entre beso y beso.

—Ya estoy preparada.

—No lo suficiente.

—Deja de hacer eso. Ya lo has hecho una vez.

Él se detuvo y elevó la vista hacia ella, con el ceño fruncido.

— ¿Una vez? Oh, eso no es suficiente.

¡Santo Dios! ¿Qué rayos le pasaba? ¿Acaso no era típico de los hombres lanzarse directamente a por el premio gordo? Él no era normal, tenía que ser eso. Tenía la polla dura, los testículos debían de dolerle sin piedad. Necesitaba correrse. ¿Por qué no se limitaba a echarla un polvo?

Pero no. Emmett no. Él volvía a estar entre sus piernas, deslizando la lengua por todo su cuerpo…

— ¡Oh, Dios mío!

Si la primera vez estuvo bien, aquélla fue todavía mejor. Su boca le cubrió el sexo y su lengua le lamió el clítoris con golpes implacables. La presión se fue elevando como una tetera sobre el fuego. Ella sacudió con fuerza las ataduras que la sujetaban, mientras él la llevaba al mismísimo borde de la locura, trazando círculos alrededor del clítoris, hasta que se vio suspendida justo al borde del precipicio de un orgasmo.

Entonces él se detuvo. Ella levantó la cabeza y vio como se arrastraba perezosamente sobre su cuerpo. Como un depredador a punto de saltar. Él le sujetó los brazos y luego colocó su miembro a la entrada de la vagina de ella, elevándose sobre su cuerpo.

La luz del sol bañó su cuerpo, convirtiéndole en un dios de oro. Cada músculo, cada nervio, cada duro plano, era como una estatua de bronce sobre ella.

Se tensó, aguardando la primera embestida, sin embargo, él esperó con los ojos fijos en los suyos.
—Pídelo —dijo él.

— ¿Qué?

—Pídelo.

Ella cerró los puños. Estaba decidida a no pedirle que la penetrara. Podía continuar manteniendo el equilibrio sobre las yemas de los dedos hasta la medianoche si quería, pero que la condenaran si le suplicaba que la poseyera.

Cerró firmemente los labios y los mantuvo así mientras él movía el glande contra su clítoris.

Y ella no podía seguir moviéndose, porque cuando lo intentaba, él la acompañaba de forma que la rozaba constantemente.

Pero ella seguía negándose a decirlo.

Él acabaría por rendirse. Era él quien todavía no se había corrido, mientras que ella lo había hecho dos veces. Ella podía resistir más tiempo y a él acabarían por cansársele los músculos si seguía medio incorporado sobre ella.

Él le dirigió una sonrisa. ¡Dios, era guapísimo! Tenía una cara bronceada y de líneas toscas, pequeñas arrugas en las esquinas de los ojos, una nariz recta y larga, y una mandíbula cuadrada con un atisbo de barba que había percibido cuando él tuvo la cara metida entre sus piernas. Se estremeció.

—Si lo quieres, pídelo. —Se elevó sobre ella, directamente contra su clítoris, haciéndolo añicos, antes de apartarse y provocarla otra vez con su glande aterciopelado. Las sensaciones estaban acabando con ella, haciendo que se desesperara porque su grueso y ardiente miembro la llenara.

Todavía manteniendo el equilibro sobre los brazos, inclinó la cabeza, cogió un pezón entre lo dientes y tiró bruscamente de él. El dolor fue delicioso, pero se fue en un segundo cuando él humedeció el pezón con la lengua.

Caliente, mojado y extremadamente seductor. Cuando hizo lo mismo con el otro pezón, ella elevó las caderas, incapaz de controlar la reacción de su cuerpo.
Aquello era injusto. Tenía los pezones sensibles y le gustaba que junto con el placer, hubiera un poco de dolor. Y él lo sabía. Igual que de alguna manera sabía todo lo demás sobre ella.

Maldito fuera.

—Pídelo —repitió él.

Y ella lo hizo, llena de frustración, con su cuerpo, moviéndose contra él y haciendo todo lo posible para que él no pudiera resistirse.

En cambio, él volvió a morderle el pezón, tirando de él con los dientes. A ella le tembló el clítoris, derramando su caliente humedad en respuesta. El miembro de él se movió contra los labios de su sexo, esparciendo los fluidos de ella.

—Cuando te muerdo te humedeces. Creo que te gusta sentir algo de dolor, señorita Hale.

De ninguna manera iba a responder a eso. Él ya sabía demasiadas cosas sobre ella.

—Pídelo.

—Jamás en mi vida le he suplicado a un hombre que me hiciera suya.

—Y apuesto a que jamás has disfrutado de un sexo verdaderamente bueno y enloquecedor, ¿verdad?

¡Ouch!

—Apuesto a que nunca has bajado la guardia, que nunca has abandonado el control el tiempo suficiente para someter tu cuerpo a un hombre, no has permitido que tus emociones se desbordaran y no has dejado que ningún hombre te hiciera todas las cosas que quieres que te haga, ¿verdad?

Otro ¡Ouch!

—Te arde el cuerpo, Rose. Tienes la cabeza llena de lo que podría ser, pero que nunca ha sido.
Él inclinó la cabeza y tiró de su pezón. Ella lanzó un gruñido ante la ardiente sensación. Él dejó un rastro de fuego, moviendo la lengua de un pezón a otro, hasta que ella se arqueó para salir al encuentro de su boca. Él se movió para capturarle los labios en un beso largo e intenso que la dejó sin aliento.

Bastardo.

—Déjate ir, Rose. Entrégate a mí y te prometo que no te arrepentirás.

Se elevó sobre ella, deslizando el glande entre los húmedos labios de su sexo, a modo de promesa de lo que podía ofrecer.

Ella jadeaba, estaba sin aliento y no podía soportar aquella tortura ni un segundo más. Lo miró enfurecida, odiándolo en aquel momento, pero necesitándolo más de lo que nunca había necesitado a un hombre, y masculló las palabras que había jurado no decir jamás.

—Penetrante, Emmett.

Dando las gracias a los dioses por cualquiera que hubiera sido su intervención, Emmett empujó entre los acogedores labios sexuales de Rose, enterrando profundamente su pene y permitiendo que se le escapara un gemido de satisfacción al hacerlo.

Ella echó la cabeza hacia atrás y gritó, tirando de las esposas con las muñecas, mientras él se impulsaba dentro de su vagina.

¡Maldición, había esperado una eternidad para penetrarla! Se permitió derrumbarse sobre ella y le deslizó las manos por debajo de las nalgas para inclinarle la pelvis hacia arriba, pegándola más a él.

Con los pechos de ella presionados contra su torso, sintió cada uno de los latidos de su corazón con cada embestida, todas las contracciones de su vagina, oprimiendo su polla, cada respiración acompasada en el oído. Quería que lo rodeara con brazos y piernas, quería sentir su abrazo mientras se introducía en ella cada vez más profundamente.

Pero había sido él quien había empezado con aquella lección y tenía que terminarla, y eso significaba que ella tenía que estar abierta de brazos y piernas, incapaz de tocarlo y de corresponder a las caricias de la mano de él sobre su húmeda piel. Ella no podía mover ni los brazos ni las piernas, lo único que podía hacer era estremecerse, suspirar y gemir debajo de él, mientras él se elevaba y embestía con su miembro contra ella.

Ella no podía abrazarlo, pero su sexo le dijo todo lo que tenía que saber; los rápidos latidos de su corazón y los gemidos que acompañaban su respiración jadeante, le indicaban lo mucho que estaba disfrutando de aquello.

De momento era suficiente.

—Emmett —gimió ella, levantando las caderas, la única parte del cuerpo que podía mover libremente, aparte de la cabeza.

—Me gusta oírte pronunciar mi nombre, nena —dijo él, apretando los dientes para contenerse. Deseaba liberarse dentro de ella, alcanzar el orgasmo que llevaba demasiado tiempo formándose. Pero quería que se corriera ella primero. E iba a hacerlo—. Vuelve a decirlo.

—Emmett. —Los ojos le brillaban como zafiros rodeados por un mar de pestañas oscuras. Su ingenua seductora que no acababa de cruzar por completo las fronteras de la rendición, le estaba suplicando con el cuerpo, entregándole el control, y pidiéndole en silencio que le provocara un orgasmo.

Le clavó los dedos en las sensibles nalgas, impulsándolas otra vez hacia arriba, mientras él embestía con mayor fuerza. Ella lloriqueó y se elevó, saliendo al encuentro de cada golpe.

— ¿Quieres correrte, nena? —preguntó él, retirándose y volviendo a lanzarse hacia delante, sepultándose dentro de ella hasta los testículos.

Ella asintió, dejando caer la cabeza hacia atrás, con los labios separados.

Era como si todas sus fantasías hubieran cobrado vida, con su pelo rubio desparramado, sus carnosos labios abiertos e invitadores, jadeando mientras él la follaba.

—Por favor —susurró ella.

Apostaría a que ni si quiera se había dado cuenta de que lo había dicho.

Sin embargo, aquélla fue la más dulce de las rendiciones.
Los testículos se le estremecieron de expectación, la pasión le quemó las entrañas, mientras el fuego líquido de su vagina lo abrasaba.

—Córrete para mí, Rose. Córrete en mi polla.

Ella se quedó quieta, se tensó y después lanzó un grito que reverberó en él.

La vagina se contrajo alrededor de su pene, arrastrándolo directamente a las convulsiones de un orgasmo que le empezó en los dedos de los pies y estalló en sus testículos. Se alzó y echó hacia atrás la cabeza, vaciándose en ella con un estremecimiento y un gemido, mientras que ella se retorcía contra él con salvaje abandono, todavía presa de su propio orgasmo. Ella lo estaba matando, exprimiéndole la vida misma, y él moriría de buena gana dentro de ella.

¡Oh, sí! Verla correrse era el cielo sobre la Tierra, ver el rubor que se extendía por su piel, sus pezones contraídos, su cuerpo tenso mientras se liberaba, y observar cómo se relajaba al descender de las alturas.

Él se retiró, le quitó las esposas y le desató los tobillos, después la atrajo contra su pecho, permitiendo que su propio corazón recuperara el ritmo, que se le tranquilizara la respiración, al mismo tiempo que disfrutaba de la sensación de envolverla en sus brazos.

Podría acostumbrarse a tenerla allí. Pero era consciente de que sólo había arañado la superficie. Puede que hubiera ganado esta primera escaramuza con Rose, pero aquello aún no había acabado.


La guerra acababa de empezar.
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krizia nos quieres matar, mujer por dios, Gracias , gracias y mas gracias....
Chicas esta historia les juro que va a prender este blog por las cuatro esquinas, comenten y mantengan vivo este pedacito de cielo!!!!

5 comentarios:

Bell.mary dijo...

Excelente capitulo Krizia muy candente digno de esta parejita tan sensual.
Para Rose fue difícil dejarse dominar por Emmet pero al final valió la pena porque lo disfrutó como nunca, y sin duda que Emett la conoce bien y sabe que hay detrás de esa mascara de fuerza y frialdad que quiere aparentar Rose, solo hacia falta que se dejara guiar por el, así que la apuesta le vino muy bien.
Pero esto apenas es el inicio, esta parejita todavía tiene que demostrarse muchas cosas que tenían guardadas.
Eso si nena después de leer una buena ducha para bajar la temperatura es que siempre que se publica uno de tus capítulos hot mi marido tiene que estar trabajando de noche así que no hay otra que a la ducha jajajajaja
Mil gracias Krizia por compartir esta adaptación y muchas gracias a Coka por publicar...
Besos

Alejandra Ruiz dijo...

Wow!!! Increíble, me eh quedado sin palabras, esa Rose es terca pero al fin se rindió al placer de estar con alguien de su altura, ojalá que se deje llevar y que baje esa guardia que ella misma se impuso. Me gustaría que se quedara con Emeth

maty dijo...

Krizia el capitulo esta uf!!! bastante candente jajaja ser amarrada por un Emmett uf!! quien no quiere jajaja lo que les espera a este par de enamorados que todavi ano se dan cuenta... pero el fin de semana sera largo y jugoso jajaja buenisimo y con baños de agua fria jajaj

gracias Krizia por la historia y gracias coka por publicar

Nancy Quintero dijo...

HOOOOOO MIIIII DIIOOSSSSSSS!!!!!

NO SABIA COMO APAGAR MI COMPUTADORA KRIZIA!!!!!!!!!!

Dejaste todo el llamas ''nena''!!!!

Quien no se esta muriendo por Emet?? Que hombre, me encanta esta pareja, son tan excitantes los dos!!!! Y embonan perfectamente!!!!

Es tanta la atracción dudo que puedan estar 5 minutos despegados el uno del otro!! Son increíblemente pasionales....

No podía creer que Rose se lo pidió =O ella pidiéndole a un hombre, ella esta para que le rueguen!!! Ya comente que me encanta esta pareja?? Me encanto el capitulo!!! Me tienes indignadísima... No se porque pero yo noto algo... No se si sea mi imaginación o mi lujuria jajaja pero a mi ver, siento que Emmet ya siente algo mas profundo por Rose y lo ha estado ocultando por muchos años!!!
No se todo puede suceder!! Se vale soñar!!! Y mientras tanto yo soñare que soy Rose y que Emmet es mio mio miooooooooooooo!!! jajajaja!!!!

Estaré a la espera del siguiente Capítulo!!!

Un fuerte abrazo!!! Gracias Krizzia!!!!

Nancy Q.

Anónimo dijo...

Por fin Rose se va dejando llevar por este hombre tan maravilloso como es Emmet.Todo se queda en llamas después de leer este fic tan magníficamente narrado y con todo lujo de detalles. Gracias Krizia y Coka.Maria del Mar desde España.