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sábado, 6 de diciembre de 2014

Salvaje, Perversa y Atrevida- Perversa Rose (Cap. 2)





Tres amigas…tres deseos secretos…tres oportunidades para hacerlos realidad.

Son tres amigas inseparables que se deleitan compartiendo sus aventuras y secretos.

Pero su última apuesta será la más arriesgada de todas: cada una debe acostarse con cualquier hombre que las otras dos escojan para ella… y luego relatar todos y cada uno de los jugosos detalles.

Capítulo 2
 Adaptación de Krizia

Rose se sentó en su oficina y empezó a dar golpecitos con las uñas en el escritorio, con la vista puesta en la ventana y pensando en su enorme equivocación. ¿Cómo fue capaz de poner unas condiciones cuyo resultado era que se veía obligada a seducir a Emmett McCarty?

Y no es que supusiera un gran esfuerzo para ella lanzarse a la arena de la seducción. Él estaba listo para ella, y como le había dicho el día anterior, lo único que tenía que hacer era decírselo y él se ocuparía de ella.

Imbécil arrogante.

No iba con ella eso de postrarse ante un hombre. Ella era la reina de hielo, maldición, una imagen de sí misma que había perfeccionado a lo largo de los años: intocable, indomable, perversa e imposible de controlar. Tenía reputación de devora hombres, de ser quien llevaba las riendas. Todas las mujeres la envidiaban. Todos los hombres la temían.

Todos excepto Emmett, quien nunca se tragó su actuación.

Porque eso es lo que era. Una actuación. Y él lo sabía condenadamente bien.
Tonta. No entendía cómo demonios lo sabía, pero así era. Por eso se había mantenido alejada de él todos esos años. Los demás hombres caían rendidos ante ella para adorarla y que hiciera lo que quisiera con ellos. Sólo tenía que chasquear los dedos y tenía el mundo a sus pies.

Los hombres andarían haciendo el pino si ella se lo pedía.

Con algunos estuvo a punto de casarse. Eran realmente agradables.

 Simpáticos, dulces y seguros. De verdad que intentó llegar hasta el altar con ellos. Hasta que recobraba la sensatez y se daba cuenta de lo mucho que se iba a aburrir. Aún cuando sólo se tiraba a hombres a quienes pudiera controlar, sabía que nunca sería feliz con alguien así.

Un callejón sin salida. Estaba perdida tanto si lo hacía como si no.

En cualquier caso, ¿quién necesitaba casarse? Podía escoger a cualquier hombre de Forks. Había bebido, cenado y se había enrollado con muchos de ellos y, aunque los abandonó a todos, los dejó con una sonrisa en la cara y el cariñoso recuerdo del mejor sexo del que hubieran disfrutado en sus vidas. Y sin sufrimiento alguno por su parte.
Puede que de vez en cuando se sintiera sola. Muchas mujeres se pasaban la vida solas.

Estaba acostumbrada a hacer las cosas a su manera y no iba a cambiar a estas alturas.

Probablemente lo mejor era que permaneciera soltera y sin ataduras. Y completamente responsable de su vida.

Y ahora se tenía que pasar un fin de semana con un hombre al que no podía dar órdenes.

Su mente lógica y controladora tenía miedo, y su cuerpo no podía parar quieto ante la perspectiva.

Traidor.

Además, ¿cómo iba a hacerlo? Ni podía ni quería acercarse a él y poner su destino en sus manos. De eso nada, iba a disfrutar demasiado. Se negaba a servirle el control en bandeja de plata.

Tenía que ser algo más sutil, cosa difícil, porque la sutileza no era exactamente su método habitual de actuar.

La conocía por dentro y por fuera, de modo que tendría que sorprenderlo.
¡Una doncella en apuros! Eso es. Dado que Rose sería la última mujer sobre la Tierra dispuesta a jugar esa baza, se llevaría una gran sorpresa cuando ella la llevara a cabo con él. Se le caería la coraza y se rascaría la cabeza, intentando saber qué pasaba. Para cuando lo tuviera en el suelo con los pantalones bajados, ya sería demasiado tarde. Él cedería y ella tendría el control de la situación. Estaría tan condenadamente contento por tener la polla en su coño, que no le importaría como había llegado allí.

Ella ganaría, él perdería, y cumpliría con las condiciones de la apuesta.

De acuerdo, pensar en acostarse con Emmett la excitaba, y prometía sexo salvaje. Los hombres con los que se había acostado en el transcurso de los últimos diez años no habían encendido precisamente toda su pasión. Apenas fueron el parpadeo de una vela, la verdad.

Cualquier satisfacción sexual provenía de su propia mano o después de darle al hombre en cuestión unas instrucciones detalladas y el itinerario hacia su coño. Aún así, nueve veces de cada diez, seguían sin dar con él.

Estaba dispuesta a apostar a que Emmett sabía encontrar el punto de una mujer. Con los ojos vendados y las manos atadas a la espalda.

Se le contrajeron los pezones al recordar sus manos abarcándole los pechos y sus dedos rozando lo tensos botones con una caricia experta que la hizo jadear como una hembra en celo.

Iba tener que jugar este juego con mucho cuidado. Y era una experta en cuanto al sexo.

Lo primero que tenía que hacer era escoger su atuendo. Apagó el ordenador, salió del despacho y se dirigió al dormitorio; abrió la puerta del vestidor y encendió la luz.

Miró con ojo crítico sus trajes de femme fatale, y escogió el más llamativo.

 La falda, escandalosamente corta y con la cinturilla en las caderas, se pegaba a las piernas, al andar. El top blanco, de fibra elástica, dejaba el vientre al aire para lucir el bronceado. Tenía un escote bajo y redondo para acentuar la separación de los pechos y era tan corto como para que se asomara por debajo el piercing que llevaba en el ombligo.

Se dio una larga ducha, se secó el pelo hasta que los mechones rubios adquirieron un brillo intenso y cayeron en suaves ondas sobre sus hombros, y luego se vistió. Escogió un par de sandalias de cuña para lucir sus torneadas piernas y después comprobó su aspecto en el espejo.

Si Emmett McCarty no se ponía cachondo nada más verla, es que no era un hombre.

Una vez trazado su maquiavélico plan, cogió el bolso, se dirigió a la puerta y llamó a Alice al móvil para que sus amigas supieran que el juego había comenzado. Su intención era terminar la noche en casa de Emmett, de modo que si Bella y Alice querían acercarse a echar un vistazo y asegurarse de que cumplía con su parte, estaban invitadas.

Quería asegurarse de que supieran exactamente donde estaba. Ella había hecho la apuesta, ellas le habían escogido al hombre, y maldita fuera si no se lo iba a tirar.

¡Qué día tan largo! Emmett suspiró, soñando con la cerveza fría que iba a tomarse en cuanto entrara por la puerta de su casa. Lo que no se esperaba era ver un par de piernas, sexys y bronceadas, inclinadas bajo el capó levantado de un Mercedes blanco, a la entrada de su propiedad. Detuvo el Jeep detrás del coche de Rose y se bajó.

Ella ni se molestó en sacar la cabeza de debajo del capó, se limitó a dar golpecitos con un pie enfundado en una sandalia y a canturrear. La leve brisa le movía la falda lo suficiente para dejarle ver los muslos, lisos y delgados, y la curva del trasero. Se tragó el nudo de la garganta y disimuló la porción de su cuerpo que despertó a la vida dentro de sus vaqueros.

Se colocó a su lado y miró bajo el capó.

— ¿Algún problema?

—No, estoy intentando ponerme más morena.

Ella tenía una boca rápida. Y bonita, además. Unos labios carnosos, rosados y malhumorados entre los que le encantaría deslizar su miembro. Se movió para colocar su creciente excitación y dijo: —Muy graciosa. ¿Cuál es el problema?

Ella volvió lentamente la cabeza hacia él, y se bajó un poco las gafas, dejando ver sus cristalinos ojos miel.

— ¿Estaría aquí si lo supiera?

—Aparta. —Le propinó un golpe en la cadera—. ¿Qué es lo que le pasa?

—Que no arranca, estúpido.

—Cuidado con esas respuestas ingeniosas. Todavía puedo tumbarte encima de mis rodillas, levantarte la falda y darte unos azotes en el culo.

El susurro ultrajado de ella fue música para sus oídos. Comprobó la batería, que estaba bien. El sistema eléctrico, al que no le pasaba nada. Todo estaba bien excepto un cable flojo que evidentemente Rose había arrancado para asegurarse de que el coche no arrancara. Y no era un cable fácil de ver.

Tuvo suerte al descubrirlo.

Chica lista. La pregunta era, ¿por qué? Aunque no hacía falta ser un genio para deducirlo.

Se incorporó y se limpió las manos en los vaqueros.

—Dale al contacto.

— ¿Has conseguido arreglarlo?

La expresión de su cara no era de esperanza.

—No estoy seguro. Inténtalo.

Ella se colocó detrás del volante y encendió el motor. Por supuesto, él no se había molestado en volver a colocar el cable en su sitio, de modo que el motor no arrancó. Hubiera jurado que la vio esbozar una sonrisa de satisfacción.

—No responde.

—Hmmm —dijo ella, logrando parecer irritada y decepcionada.

Él se inclinó sobre el motor otra vez, moviendo un par de cables para disimular. Dentro de unos segundos le daría la mala noticia y se acabó. Ella había empezado el juego y el pensaba aprovecharse todo lo que pudiera.

 Porque a su modo de ver, Rose había lanzado el guante. Había ido a él.

Puede que no lo hubiera hecho exactamente como él hubiera querido, pero, ¿cuándo hacía Rose las cosas de forma convencional?

—No sé cuál es el problema. Déjame engancharlo al jeep y remolcarlo hasta mi casa.

Puedo echarle un vistazo allí.
—Puedes llamar a una grúa. Yo me quedaré aquí esperando —dijo ella, saliendo del coche para mirarlo por encima del techo.

—Imposible. Ha habido un accidente en la autopista y las dos grúas están allí.

— ¡Maldición! —Se mordió el labio inferior.

— ¿Tenías una cita?

Ella curvó los labios.

—-Cariño, yo siempre tengo una cita.

Sí, claro.

—Entra en el Jeep, Rose. Con este calor te vas a derretir. Arranca mi Jeep y colócalo delante de tu coche.

—Bien. —Cogió el bolso, se dirigió al Jeep y lo dejó perfectamente colocado delante del Mercedes.

Él tuvo en las manos el cable de remolque nada más pedirlo, luego se sentó en el asiento del conductor del Jeep y condujo hasta la entrada de su propiedad.

Rose permaneció en silencio durante los cinco minutos que duró el trayecto por el camino de tierra. Emmett aprovechó la oportunidad para comerse con los ojos su cuerpo apenas cubierto.

Con ese atuendo estaba vestida para matar. Y estaba condenadamente cerca de acabar con él. La escueta camisa dejaba medio torso fuera y se ajustaba a sus magníficos pechos y la falda extremadamente corta apenas le tapaba el trasero, dejando ver sus largas piernas.

Hacía que se le pusiera dura. Y su presencia en la entrada de su propiedad era tan premeditada como la ropa que llevaba. Era una suerte que el trayecto fuera corto, porque según pasaban los segundos, le iba creciendo el pene.

Y su olor impregnaba el habitáculo del Jeep. No se trataba de un aroma floral o penetrante.

No, Rose era mucho más sutil que eso. Permitía que su fragancia natural hablara por ella. Jabón, champú y el olor a limpio de una mujer hermosa, era lo único que necesitaba para hacer que él se subiera por las paredes.

Para cuando entró en la rotonda y aparcó delante de la casa, ya estaba completamente excitado, y su miembro se movía como la vara de un zahorí que acabara de encontrar el lugar de origen de un manantial.

Rascal, su perro, llegó hasta ellos, saltando desde la parte trasera de la casa, ladrando y moviendo la cola.

Él se formaba una opinión sobre un montón de mujeres por la forma en que trataban a su perro. Rascal no era lo que se llamaría un perro de buena apariencia. Tenía algo de pastor y de Dios sabía qué más, pero sobre todo, se trataba de un amasijo de polvo y enredos, una maraña de pelos provista de una lengua larga que soltaba enormes cantidades de baba.

La mayoría de ellas ni siquiera salían del coche hasta que él espantaba a Rascal. Sin embargo, Rose no. Abrió la puerta y saludó a Rascal con un grito de alegría, le acarició y le rascó detrás de las orejas. No tardó en agacharse y en acariciar al monstruo apestoso por todas partes, sin dejar de arrullarlo y de emitir ruiditos de bebé. Y Rascal disfrutó de cada segundo.

De acuerdo, había pasado aquella prueba. Sacudió la cabeza.

—Entremos antes de que te plante las patas sucias en el top blanco.

Rose le dirigió a Rascal una ancha sonrisa, se incorporó y le acarició la cabeza. Rascal se puso a su lado y permaneció pegado a ella mientras iban hacia la casa.

—No me importa, me encantan los perros.

Rascal subió las escaleras primero y cruzó la puerta en cuanto Emmett la abrió.

—No volveremos a verlo en toda la noche. Se tumbará encima de una de las salidas del aire acondicionado y se quedará dormido.
Rose resopló.

—No puedes reprochárselo. Ahí fuera hace un calor de mil demonios.

—Se pasa el día en el establo, que es fresco y no le entra el sol en todo el día. No te dejes engañar por su mirada triste. —Emmett se dio cuenta de que era la primera vez que Rose estaba en su casa. ¡Demonios!, casi nunca llevaba allí a las mujeres. La casa era su refugio, un lugar en el que alejarse de todos y de todo. Llevar allí a una mujer significaba una invasión de su espacio y de su aislamiento. Se trataba de un fenómeno poco frecuente.

Rose, sin embargo, era distinta. Quería que estuviera allí, llevaba años deseándolo. El hecho de que apareciera en la entrada de su propiedad significaba algo. Un primer paso. Hacía mucho tiempo que lo esperaba.

— ¿Vas a ver qué le pasa a mi coche? —preguntó ella, pasando las yemas de los dedos por la brillante superficie de la mesita antigua de su abuela.

—Ahora mismo hace demasiado calor fuera. Se me ha ocurrido que podríamos relajarnos un poco, tomar un par de cervezas y charlar. Espera a que refresque.

Ella se quitó las gafas de sol y las guardó en el bolso, luego dejó éste sobre la mesa y se metió en la cocina para lavarse las manos.

—Supongo que no tengo otra opción, ¿verdad?

—Siempre tienes elección, Rose. —No pensaba permitirle coger la salida más fácil. Si iba a pasar lo que él creía, entonces tendría que ser una decisión consciente por su parte. De otro modo no iba a funcionar.

—No siempre.

Después de secarse las manos, deambuló por el salón como si estuviera haciendo inventario. De acuerdo, él era soltero y la decoración no era bonita. Unas cuantas antigüedades heredadas aquí y allá, completamente ajadas por otra parte. Siempre pensaba que tenía que hacer algo para remediarlo, pero, francamente, ¿a quién le importaba? A él no. Ella se volvió para quedar frente a él.

— ¿Y esa cerveza?
Él sacó dos botellas de la nevera y le entregó una.

—Siéntate.

Ella escogió el sillón de una plaza. A propósito. Era más seguro. No permitiera Dios que se sentara en el sofá. De hecho, él podía sentarse a su lado.

—Siento lo de tu abuelo —Dijo ella, y por el tono de su voz, él supo que era cierto. Su abuelo había muerto el mes anterior, y aunque había pasado los dos últimos años en un geriátrico, con él desapareció el último de sus parientes. Lo único que le quedaba de su familia era aquella casa.

—Gracias.

No tenía más remedio que reconocérselo: estaba tranquila, o bien era una actriz condenadamente buena. La tensión entre ellos, como siempre, electrizaba el ambiente. Sus altercados tenían algo de incendiario. Incluso la conversación más sencilla tendía a convertirse en una tensión sexual que crepitaba entre ellos.

Incluso ahora, sin necesidad de decir nada, su lenguaje corporal le indicaba todo aquello que ella no quería que él supiera. Mantenía la espalda recta como si el más mínimo cambio en su postura fuera a revelar demasiado sobre lo que sentía. Sus pechos se elevaban cada vez que respiraba profundamente, lo cual quería decir que era muy consciente de que había un hombre en la habitación. Y él era endemoniadamente consciente de ella. De cada apetitoso centímetro de su cuerpo. De la forma en que su pelo rubio absorbía y recogía la luz que entraba entre los postigos entornados, rodeando su rostro como un halo de claridad. De su piel, bronceada y brillante a causa de algún tipo de loción corporal que olía a lluvia de primavera. Y en medio de todo, el inconfundible olor a almizcle de una mujer preparada para el sexo.

Bebió un largo trago de cerveza que al menos sirvió para apagar el fuego de su garganta.

Aunque no refrescó en absoluto la hoguera que tenía entre las piernas. Claro que nada hubiera dado resultado. A menos que antes tuviera a Rose desnuda, abierta de piernas y suplicándole que la follara. En cuanto tan dulces palabras salieran de sus labios, le introduciría profundamente la polla en la vagina y por fin obtendría lo que llevaba diez interminables años deseando.

Nunca había necesitado tanto a una mujer como necesitaba a Rose. Siempre la había deseado. Y sabía perfectamente que ella también lo deseaba. Pero en lo tocante a él, había construido un muro a su alrededor. Sin embargo, perdía el tiempo con aduladores débiles, inútiles y tontos, que carecían de valor tanto dentro como fuera del dormitorio. No era de extrañar que nunca durara demasiado con ninguno. ¿Qué tenían de bueno?

Lo que Rose mostraba al mundo y lo que realmente necesitaba eran dos cosas diferentes. A veces Emmett se preguntaba si él era la única persona que veía más allá de aquella fría y controlada apariencia que escondía a una mujer aterrorizada y que temía expresar sus verdaderas necesidades.

Lo único que tenía que hacer era decirlo en voz alta y él descubriría todo un mundo para ella. Le daría todo lo que siempre había querido. Haría que se corriera multitud de veces.

Vamos, nena. Sabes que puedo dártelo. Sólo tienes que pedírmelo.

Porque lo que Emmett no iba a hacer era cogerlo. Si Rose lo deseaba, iba a tener que pedírselo.

Y una vez que lo hiciera, no habría vuelta atrás.

Si Rose seguía manteniendo aquella postura durante mucho más tiempo, le iban a dar calambres en la espalda. Parecía que estuvieran jugando al ratón y al gato. A mirarse hasta que uno de ellos cediera. Y ella no estaba dispuesta a ceder. Pero joder, Emmett no dejaba de mirarla. Y no se limitaba a eso, sino que la devoraba con sus penetrantes y enigmáticos ojos que siempre parecían ser capaces de ver a través de ella. Como si conociera sus más íntimos y oscuros secretos, y estuviera esperando a que ella los expresara.

Ya había llegado muy lejos. Estaba en su casa, notaba el abultamiento de su erección bajo la tela de los vaqueros, y sabía que estaba cachondo por ella.

 ¿Por qué diablos todavía no se le había lanzado? ¿Tenía que hacer un striptease encima de la mesa para obtener su atención? No es que apareciera periódicamente en su casa con su conjunto más sexy.
A ver si lo pillas, Emmett. Estoy aquí, soy atractiva y estoy más caliente que el Infierno. ¡Fóllame, maldición!

Pero nada. Él continuó mirándola fijamente como si esperara que fuera ella quien hiciera el primer movimiento. Estaba segura de no haberlo interpretado mal todos aquellos años. No era posible que se pareciera a todos aquellos hombres con los que había salido, ¿verdad? Sin carácter, débiles y demasiado asustados para apoderarse de lo que querían. ¿Lo había juzgado mal?

La decepción se fue apoderando de ella, el humor se le empezó a agriar y sintió un vacío tan doloroso en el estómago que casi la hizo llorar. ¿Cómo podía haberse equivocado tanto con él? Los juegos que llevaban a cabo, su forma de provocarla, de tocarla y de atormentarla todos aquellos años, prometían el mejor sexo de su vida. De ninguna manera podía haberse equivocado en cuanto a la reacción de su propio cuerpo. ¡De ninguna manera!

Y aún así, él continuaba sentado, mientras que a ella sólo le faltaba abrirse de piernas ante él. ¿Es que estaba esperando una invitación por escrito? ¿Qué le diera permiso verbalmente para tocarla? Aquello no era propio de Emmett, no tenía nada que ver con el hombre que estuvo condenadamente cerca de tirársela en la carretera el día anterior.

De no ser por la apuesta, se levantaría y se marcharía. En cambio, tenía que quedarse allí y follarse a ese imbécil que empezaba a resultarle increíblemente molesto. De acuerdo. Cuanto antes acabara con aquello, mejor. Se levantó, bebió un largo trago de cerveza, se acercó al sofá contoneándose y se dejó caer al lado de Emmett. Ladeó la cabeza y le miró entre los párpados entornados; uno de sus movimientos más provocadores.

— ¿Qué es lo que quieres, Rose? —preguntó él, con una leve sonrisa deformando su generoso labio inferior.

— ¿Necesitas que te lo explique con todo detalle?

—Necesito que me digas lo que quieres. Lo que deseas de verdad.

Su mirada gris la desafiaba a que se atreviera a decirlo en voz alta. Sin embargo, Rose era una experta en ese juego, sabía manipular a los hombres mejor que cualquier otra mujer que conociera. Se inclinó hacia él, presionando el pecho contra su sólido brazo.
— ¿Por qué no me dices lo que te gustaría hacer a ti?

Él se movió y le metió una rodilla entre la suyas, mirándola con intensidad.

—Yo no soy el tipo de hombre que te dice lo que le gusta, Rose. Voy a decirte lo que va a pasar si te quedas aquí. Quiero que te arrodilles ante mí y me chupes la polla. Quiero joder esa boca insolente que tienes hasta acabar corriéndome entre esos hermosos labios. Luego te follaré.

Te ataré a mi cama, con las piernas separadas y tu precioso sexo desplegado ante mi vista. Voy a lamerte y chuparte hasta que grites mi nombre y me ruegues que te folle. Entonces te introduciré la polla hasta el fondo, hasta que te retuerzas debajo de mí y supliques un orgasmo. Después te pondré boca abajo, separaré esas dulces nalgas y meteré mi miembro en tu estrecho ano. Me voy a pasar la noche y todo el fin de semana echándote polvos hasta que seas incapaz de recordar a cualquiera de los hombres con los que te hayas acostado antes, porque ninguno de ellos te ha follado como voy a hacerlo yo.

Por todos los demonios. La temperatura ambiente se elevó diez grados en un instante y ella estuvo a punto de estallar en llamas. Tragó saliva y separó los labios para aspirar grandes bocanadas de aire, aturdida por las imágenes que habían creado sus palabras. Ningún hombre le había hablado así antes.

Los hombres que escogía casi le pedían permiso antes de besarla. Emmett estaba lejos de hacerlo. Le ofreció un plano detallado de todas las perversidades que tenía intención de hacerle.

—Mi paciencia tiene un límite muy fino, Rose. Estás aquí y te deseo. Si no lo quieres, es el momento de decirlo, porque este fin de semana no voy a pedirte absolutamente nada: me apoderaré de ello. Si te quedas eres mía. Cómo yo quiera y durante todo el tiempo que desee.

¡Oh, Señor! Él lo sabía. De alguna manera sabía lo que ella ansiaba, lo que no había tenido en todos aquellos años. Ninguno de aquellos hombres supo nunca el tipo de mujer que era y las necesidades que tenía. Pero Emmett sí.

 Le estaba ofreciendo lo que siempre había deseado y temido.

Algo que deseaba sobre todas las cosas, lo que más le asustaba: someterse por completo a un hombre.
Y no a un hombre cualquiera, sino a Emmett McCarty.

Tenía el cuerpo en llamas, los pezones contraídos y presionando contra el fino algodón del top; la humedad de su sexo empapaba la delgada tira de las bragas y le cubría la entrepierna. El clítoris estaba hinchado y palpitaba sin cesar. Se imaginó lo que él podría hacerle.

Estuvo a punto de provocarle un orgasmo sin tan siquiera tocarla. Sin ni siquiera frotarle el clítoris.

Llevaba diez años teniendo un sexo desastroso. Tenía que superar una apuesta.

Aquello era para un fin de semana, no para siempre. La oportunidad de lanzar por los aires sus inhibiciones y dejar el control en manos de un hombre. Sin más obligación que sumirse en sus más profundos, oscuros y perversos deseos.

Sólo durante el fin de semana.

Cuando éste terminara, se acabó. Él no tendría ningún poder ni control sobre ella, ni expectativa alguna de que aquello fuera a prolongarse más.

¿Qué daño podía hacer disfrutar de sus fantasías y experimentar lo que seguramente fuera a ser el mejor sexo de su vida? Era muy posible que aquella fuera su única oportunidad de tener un sexo fabuloso.

Aquello no iba a hacerle ningún daño. Mientras conservara el control, mientras supiera que una vez acabara el fin de semana, el juego habría terminado.

Mientras su corazón no se viera implicado, podría alejarse con una sonrisa en la cara.

Una sonrisa enorme.

Levantó la barbilla, negándose a soltar el control por completo.


—Si lo quieres, cógelo, Emmett.
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Otro increíble capitulo de adaptación de Krizia Cullen, para saborearlo con todas las ganas, pero ojo, con la ducha a mano, jejeje...
Bueno agradezcamos a Krizia y a leer, ¡No se olviden de comentar!, mil besos para todas.
Coka

6 comentarios:

Nancy Quintero dijo...

IIIIIUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUUU!!!

Que emocionante quedo todo!!! Me va a parecer eterna la siguiente publicación, Krizia!!! Me encanta perversa Rosse!!!!!! Solo imaginarme a Emmet con tus narraciones wooww!!!!

Esta historia se pone cada vez mas emocionante, con el temperamento de Rose y la expresividad de Emmet, estos dos son dinamita pura y estan apunto de hacerse estallar... es todos los sentidos (jijiji picarones)

Gracias Krizia!!!
Quedamos en espera del siguiente capi!!!
Un fuere abrazo!
Nancy Q.

lorena dijo...

Krizia!!!! que calor!!! me encanta como va desarrollandose la historia de Rose!!!!! Cumplira Emett con todas sus fantasias y expectativas???? Sera ella como el siempre la ha soñado???? Esperando ansiosa el proximo capi .... Gracias!!! Lorena de Argentina

Alejandra Ruiz dijo...

Increíble como siempre krizia!!!
Me has dejado impactada con esta Rose que no quiere abrir su corazón al hombre que quiere!! Por favor no tardes muchooo, muero por leer el siguiente capítulo!!

maty dijo...

uf!! krizia se quedo en lo mas interesante jajaj k no aran ese fin de semana... ya kiero leerlo!!! bien por ellos por que espera 10 años para una noche apacionada es mucho... asi k estan locos si creen k no van a imbolucrar el corazon... estare preparada para el proximo capitulo con una ducha de agua fria o con mi esposo disponible jajaj... pinta mega uf!! el proximo.... gracias krizia ojala k no tarde tanto

gracias coka por publicar

saludos
maty

Bell.mary dijo...

Hola Krizia hoy por fin pude comentarte desde el domingo que no tenia internet pero aquí estoy....
Que buen capitulo cada día mejor esta historia y ahora mas con la tremenda Rose y Emmett una pareja muy candente que seguro nos hará tomar unas buenas duchas jejejeje
Me encanta Emmett muy seguro de si mismo y con ese carácter ahora si que Rose encontró la horma de su zapato, sin duda sera un fin de semana muy interesante una lucha de poder.... una lastima que se quedará en lo mas emocionante, pero bueno nos tocara esperar..
Gracias Krizia por tomarte un tiempo entre tus múltiples obligaciones para adaptar esta gran historia.
Besos

Anónimo dijo...

Bueno,bueno... No tengo palabras para este fic tan sexy y atrevido el cual al leerlo te entra un calor...jajaj.Una maravilla Krizia.Si ya el trio anterior nos hizo sudar estos dos no quiero ni pensarlo tendremos q esperar al siguiente capital.Una vez mas me disculpo por no haber comentado antes e intentaré ponerme al día. Un besazo español.Maria del Mar